Directora de la Feria del Libro de Madrid.
«¿Y qué han hecho para estar ahí?»
Desde hace tres años, la Feria del Libro de Madrid impulsa «El vaivén de la Feria», un programa que nos lleva a hospitales, residencias, asociaciones o centros penitenciarios donde hay enfermos, mayores, niños en riesgo de exclusión o internos a los que llevamos lo que tenemos: historias. Son actos modestos, sí, pero entendemos que relevantes, un grano que, como célebremente cantaba Luis Pastor, no hace granero, pero ayuda al compañero. O eso queremos creer.
La de Madrid V fue nuestra tercera experiencia en un centro penitenciario tras las visitas a Navalcarnero y Estremera. Innegablemente, Soto del Real tiene un sabor distinto, dada la relevancia mediática de algunos de sus inquilinos.
«¿Había periodistas a la entrada? ¿Visteis a Fulano, o a Mengano? ¿Hacen vida con los demás? ¿Tienen privilegios?»
La curiosidad de amigos y conocidos es insaciable. Por eso, les explicamos que nuestra misión es difundir la buena nueva de los libros y presentar a quienes los hacen, y que en esos centros hemos conocido a lectoras empedernidas que leen para evadirse, a lectores irredentos que cuidan primorosamente bibliotecas que ofrecen refugio.
Pero hay algo más, algo que no contamos: que a esas visitas nos acompaña el eco de quienes escribieron entre rejas o inspirados por su vida en cautiverio.
El eco de Cervantes, prisionero en Argel durante un lustro, en cuya obra abundan los reclusos: están, dice Isabel Soler (Miguel de Cervantes: los años de Argel, Editorial Acantilado), en La Galatea; en las comedias El trato de Argel, Los baños de Argel, El gallardo español; en las novelas ejemplares El amante liberal o La española inglesa; en el Persiles y sí, también en el Quijote, más concretamente en su primera parte: «La historia del cautivo».
El eco de Fiodor Dostoyevski, procesado por revolucionario. Sorprendentemente, el autor de Crimen y castigo extrajo lecciones positivas de esa
«permanente concentración en mí mismo, que me permitía huir de la amarga realidad», frutos, «deseos y esperanzas que nunca hubiese imaginado».
El eco de Oscar Wilde, condenado a trabajos forzados por «flagrante indecencia», es decir, por homosexual. En su encierro escribió la Balada de la cárcel de Reading, alegato contra el sistema penal victoriano que firmó con su número de prisionero: C33.
Curioso: las normas le impedían dedicarse a la prosa, la poesía o el teatro, pero no a redactar cartas por largas que fueran. Así, como misiva, nació lo que ahora conocemos como De Profundis.
El eco de Miguel Hernández, preso del franquismo. «No, no hay cárcel para el hombre. No podrán atarme, no. Este mundo de cadenas me es pequeño y exterior», escribió en su Cancionero y romancero de ausencias. «¿Quién encierra una sonrisa? ¿Quién amuralla una voz?» Lo cierto es que los voluntarios para esa labor son muchos. El poder soviético lo intentó con Yevguenia Ginzburg, que permaneció 18 años encarcelada durante las purgas estalinistas. Lo cuenta en Krutoy marshrut, que significa ruta empinada, testimonio imprescindible del gulag.
Los ecos de Jean Genet, que firmó una trilogía carcelaria cuyas dos primeras entregas fueron escritas en prisión; de Angela Davis, exonerada de todo cargo tras casi dos años encerrada a la espera de juicio, que aprovechó la reclusión para escribir If They Come in the Morning: Voices of Resistance (Si vienen por la mañana: voces de resistencia); o de Goliarda Sapienza, que se hizo detener en 1980 para vivir (y luego relatar) la experiencia carcelaria.
Una y otra vez los escritores proclaman que la cárcel les arrebató mucho, pero no su vida interior. Por eso, cuando nos preguntan: «¿Y qué han hecho para estar ahí?», respondemos que la Constitución establece que los fines de la pena privativa de libertad son la reeducación y la reinserción. Que lo que importa es lo que están haciendo para salir y no volver.
