Presos de más de 78 nacionalidades conviven y se integran en el Centro Penitenciario Soto del Real, haciendo de este lugar no sólo un lugar multicultural, sino un verdadero Centro Intercultural. ¿Qué retos y oportunidades implica esto?
Por Napoleón Grant
¡BIENVENIDO AL MÓDULO!
Jaco y Hubert (los nombres han sido cambiados) son los miembros del comité de bienvenida del módulo trece en el C.P. Soto del Real encargados de integrar a los nuevos internos. “¿Inglés o español?”, es la pregunta inicial que hacen. Su objetivo es que el recluso conozca las normas del módulo, los horarios y los medios de asistencia con que cuenta: nutricionista, educador, capellán, trabajador social, donación de ropa, etc. “Cuando el nuevo recluso no habla español ni inglés, procuramos encontrar a otro preso que hable su mismo idioma”, explica Jaco, “todos los internos bilingües colaboramos en eso, algunos dando la bienvenida, otros ayudando a escribir instancias, otros traduciendo con los abogados y con los funcionarios. Si hay un preso proveniente de su mismo país se lo presentamos. A los que no hablan español, les solicitamos libros en su idioma para que se distraigan las primeras noches, que suelen ser las más duras; además, les inscribimos en la escuela y les invitamos a las clases de español e inglés que organizamos en el módulo”.
Durante los meses que ha llevado las clases de español e inglés en su módulo, Aldo ha descubierto cuán poderosa puede ser la capacidad de integración del ser humano, más allá de las diferencias del lenguaje. “En mis clases me centro en enseñar los términos y frases que le serán útiles y necesarios para integrarse. Después, en la escuela del Centro, refuerzan la gramática. La mayoría de mis alumnos en menos de cuatro meses ya hablan un español comprensible”. Pero la realidad es que para conectar, no hace falta tanto tiempo. “He visto conversar a hombres que no hablan el mismo idioma pero con paciencia y fraternidad se esfuerzan por comprenderse mutuamente, aun con señas y dibujos”. Porque el “idioma de la amistad” indudablemente es el mismo en todo el mundo.
Muchos presos están lejos en distancia y diferencia horaria de sus familiares; otros no pueden comunicarse con ellos fácilmente. “Un japonés tardó más de tres meses para volver a contactar con su madre. Era el único japonés en todo el centro penitenciario y no hablaba español ni inglés, el día que pudo hacer una videollamada con ella, todos aplaudimos de felicidad. Creo que todos los presos, en especial los extranjeros, compartimos los mismos sentimientos cuando llegamos.” La soledad, el dolor y la tristeza también son un lenguaje que se entiende universalmente y los que lo viven saben el poder que tiene un abrazo, una palmada en la espalda y un acto de servicio. Aunque provengamos de diversas culturas, estamos interconectados por el lenguaje de la fraternidad.
Por las mañanas se escuchan en los pasillos del módulo doce: “¡Buenos días, amigo!”, “Good morning, my friend!”, “Bonjour”… Es común que los internos saluden a sus compañeros en su idioma nativo para hacerles sentir un tanto más integrados. Con frecuencia se escucha en el comedor: ¿Cómo se dice en tu idioma “qué aproveche”? “Mira, esta es una tortilla española”. Las mesas y los patios se llenan con grupos multiculturales, hombres de tres o cuatro nacionalidades y continentes distintos conviven y se apoyan. En los módulos de respeto es frecuente ver a personas provenientes de culturas, nacionalidades e incluso religiones aparentemente incompatibles, convivir. Respeto es la clave. Por supuesto que los comités de resolución de conflictos juegan un papel fundamental, así como las clases de desarrollo humano, las actividades de integración y sobre todo, la propia voluntad humana.
“Aunque provengamos de diferentes culturas, estamos interconectados por el lenguaje de la fraternidad.»
El proceso intercultural implica también sus retos: hay diferencias de opiniones, gustos, expresiones y modismos, lo que para unos puede ser cotidiano, para otros puede resultar molesto o exasperante. No todos los presos, en especial los de nuevo ingreso, están preparados para un golpe multicultural con diversidad de acentos, modos, costumbres e ideologías, de modo que las normas de convivencia y la vigilancia de los funcionarios tienen un papel fundamental para mantener el ambiente de integración y armonía. Pero, cuando el preso descubre que su anhelo es igual que el del resto, la libertad, descubre en el otro a un compañero e, incluso, a un amigo.
Prisión, cárcel, bote, maco, trena, trullo, cana… Tantas formas de llamar lo que en múltiples idiomas y culturas significa estar privados de libertad. En el Centro Penitenciario Soto del Real, más de mil presos conviven y se integran, provienen de diversos países, culturas y continentes, cada uno con un contexto social, económico, ideológico y cultural distinto pero descubriendo que, en el fondo, todos pertenecemos a una misma ciudadanía universal de la que todos los hombres y mujeres formamos parte. Esta es la verdadera interculturalidad.

UN RETO ASUMIDO
La Psicóloga del Centro Madrid V, Laura, es realista al afirmar que “la convivencia entre distintas culturas dentro del Centro es un reto, pero también una oportunidad de aprendizaje”. En esta entrevista, comparte sus perspectivas, reflexiones y consejos para que los internos puedan integrarse entre una población penitenciaria diversa y multicultural.
¿Cómo ve la convivencia entre culturas en el centro?
Si observamos los módulos, es innegable que existe una cierta tendencia natural a agruparse por nacionalidades o procedencias. Esto es algo completamente humano: cuando estamos en un entorno complejo, buscamos por instinto refugiarnos en lo conocido, en quienes hablan nuestro idioma o comparten nuestras costumbres. Sin embargo, a pesar de la diversidad de nacionalidades conviviendo en un mismo espacio, cuando surgen conflictos no suelen deberse a cuestiones de racismo o intolerancia pura, sino a roces cotidianos provocados por la falta de comprensión o de adaptación a las costumbres del otro. Es por ello que, siempre que exista respeto y comunicación, las diferencias culturales enriquecen la convivencia diaria y ayudan a crear un ambiente más humano.
¿Cuál es el mejor modo de solventar los conflictos derivados de diferencias culturales?
El mejor modo empieza siempre por un ejercicio individual: frenar el primer impulso de juzgar. Muchas veces los conflictos nacen de prejuicios o, simplemente, del desconocimiento: un tono de voz que en una cultura es normal, en otra puede sonar agresivo; una mirada; la distancia física al hablar… Promover el diálogo, la mediación y el respeto mutuo ayuda a encontrar soluciones pacíficas. Es importante recordar que, aunque tengamos costumbres distintas, todos compartimos necesidades y emociones similares.
“La cultura nos moldea pero no define completamente quienes somos.»
¿Qué prejuicios hay que erradicar al integrar culturas diversas?
Hay que dejar atrás ideas preconcebidas sobre nacionalidad, religión, idioma o forma de vivir. Pensar que una cultura es “mejor” que otra solo genera distancia y rechazo.
El verdadero error es poner etiquetas en masa, es decir, asumir que por compartir un mismo origen, la gente piensa, siente o actúa igual. Las etiquetas nos ahorran el esfuerzo de conocer al otro, pero nos vuelven ciegos. Cada persona tiene una historia distinta y merece ser conocida antes de ser juzgada.
¿Influye la cultura en el temperamento y los valores?
Desde la psicología sabemos que el temperamento tiene una base biológica y genética muy fuerte (nuestra tendencia a ser más activos, tranquilos o impulsivos de nacimiento). Sin embargo, la cultura influye de forma decisiva en cómo expresamos ese temperamento, así como en la construcción de nuestros valores. Por ejemplo, hay culturas más colectivistas, donde el grupo y la familia están por encima de todo, frente a otras más individualistas en las que la autonomía es lo más importante. Podríamos afirmar que la cultura nos moldea, pero no define completamente quiénes somos.
¿Qué consejo daría a un nuevo interno que llega a una población tan culturalmente diversa?
Le diría que llegue con la mente abierta y con disposición a conocer a los demás sin prejuicios. Los primeros días en un centro penitenciario pueden ser abrumadores, y el miedo nos suele empujar a encerrarnos en lo conocido o a buscar solo a los “nuestros”. Sin embargo, superar esas barreras inicia¬les es fundamental para construir relaciones positivas y desenvolverse mejor en la vida diaria del centro. Escuchar, observar y tratar a todos con respeto facilita mucho la adaptación. En un entorno diverso, la convivencia mejora cuando cada persona aporta tolerancia y empatía.

APRENDER DEL OTRO
Por: María Fernanda Guevara Riera, Dra. en Filosofía – ESIC University
Pocas experiencias resultan tan enriquecedoras como encontrarse con personas que han crecido, pensado y vivido el mundo desde coordenadas culturales distintas a las propias. La multiculturalidad no consiste simplemente en compartir un mismo espacio con individuos de diferentes nacionalidades, lenguas o tradiciones. Su verdadero valor emerge cuando ese encuentro genera diálogo, cuestiona certezas y amplía nuestra comprensión de lo humano.
Desde la sociología sabemos que las personas no construyen su identidad en soledad. Lo que somos se configura a través de las relaciones que establecemos con otros, de las historias que escuchamos y de los contextos sociales que habitamos. Por ello, el encuentro con la diversidad tiene una capacidad trans- formadora singular. Nos obliga a reconocer que muchas de las ideas que consideramos naturales o universales son, en realidad, el resultado de trayectorias históricas y culturales específicas. En ese ejercicio de apertura surge una oportunidad invaluable: aprender a mirar el mundo desde perspectivas diferentes a la propia.
Ahora bien, la diversidad no siempre pro- duce comprensión mutua. La historia ofrece innumerables ejemplos de cómo las diferencias culturales han sido utilizadas para justificar exclusiones, jerarquías y formas de discriminación. La convivencia entre culturas requiere algo más que proximidad física. Exige instituciones capaces de garantizar igualdad de derechos y ciudadanos dispuestos a reconocer la dignidad de quienes piensan, creen o viven de manera distinta. La multiculturalidad plantea, por tanto, un desafío ético y político de primer orden.
Reconocer la diversidad implica aceptar que todas las personas poseen el mismo valor moral y merecen iguales oportunidades para desarrollar sus proyectos de vida. No se trata de tolerar al otro desde una posición de superioridad, sino de comprender que la dignidad humana constituye un patrimonio compartido que trasciende fronteras, lenguas y diferencias culturales. Cuando este principio se debilita, aparecen la exclusión, el racismo, la xenofobia y otras formas de negación de la humanidad del otro.
Frente a una cultura cada vez más orientada hacia la competencia, la ética del cuidado nos recuerda una verdad elemental: nadie se construye solo. La vida humana se sostiene gracias a vínculos de apoyo, reconocimiento y responsabilidad mutua. Somos seres pro- fundamente interdependientes, aunque con frecuencia olvidemos esta condición.
Aplicada a la multiculturalidad, la ética del cuidado invita a desarrollar una actitud de escucha genuina. Supone reconocer que detrás de cada diferencia cultural existe una historia concreta, una experiencia de vida, un conjunto de expectativas, temores y esperan- zas. Implica abandonar la lógica de la sospecha para dar paso a una disposición más humilde, de voluntad de escucha capaz de aprender del otro sin necesidad de renunciar a la propia identidad, dejarse interpelar por aquello que inicialmente resulta extraño o desconocido.
Quizá uno de los mayores aportes de la multiculturalidad consiste precisamente en recordarnos los límites de nuestras certezas. Ninguna cultura posee todas las respuestas, ninguna tradición agota la experiencia humana y ninguna sociedad puede aspirar a comprenderse plenamente a sí misma sin dialogar con otras. La diversidad amplía nuestro horizonte moral y nos permite descubrir aspectos de la realidad que permanecerían invisibles desde una única perspectiva.
En un mundo atravesado por nuevas polarizaciones, discursos de odio y crecientes tensiones identitarias, defender la multiculturalidad significa defender también la democracia, los derechos humanos y la posibilidad misma de una convivencia plural. La multiculturalidad no es únicamente una característica de nuestro tiempo, es, sobre todo, una invitación permanente a reconocer la humanidad del otro y, a través de ese reconocimiento, comprender mejor nuestra propia humanidad.

CONVIVENCIA E INTEGRACIÓN
Por: Ernesto Foncuberta
La multiculturalidad en prisión dejó hace tiempo de ser una teoría o un debate para convertirse en algo que se vive cada día. En los centros penitenciarios convivimos personas de distintos países, culturas, religiones y niveles educativos, pero también personas con formas completamente diferentes de entender la vida, incluso siendo del mismo país, y cuando uno pasa años de convivencia, entiende rápidamente que compartir espacio no significa necesariamente convivir.
Esa es una de las primeras cosas que se aprende: la convivencia y la integración no son lo mismo, casi siempre se habla de integración como si fuese algo automático, como si bastara con meter a un grupo de personas en un mismo espacio y que con el tiempo todo termine funcionando, pero la realidad es bastante más compleja.
Yo he visto cómo las diferencias culturales, las barreras idiomáticas o simplemente las distintas formas de entender la autoridad generan tensiones constantes, algunas pequeñas y otras no tanto. Todos creemos que el sistema penitenciario tiene que gestionar esos problemas únicamente manteniendo el orden, cuando en realidad haría falta algo más profundo: entender lo que ocurre dentro de las prisiones y poner la soluciones.
Creo sinceramente que faltan herramientas, formación y preparación para afrontar una realidad que ya forma parte del día a día en cualquier cárcel española, la multiculturalidad ya no es una excepción dentro de prisión, es la norma y hay que gestionarla bien para que no aparezcan los problemas.
Pero también sería injusto cargar toda la responsabilidad sobre el sistema. Hay una idea que hoy en día parece incómoda de decir, pero que desde mi punto de vista me parece evidente: toda integración exige adaptación. Y esa adaptación no puede darse solo por parte de la sociedad o de las instituciones. Quien llega a un entorno distinto también tiene que asumir unas nor¬mas comunes y aprender a convivir dentro de las normas que la sociedad que le acoge tiene.
No hablo de renunciar a la identidad de nadie. Cada persona tiene derecho a mantener sus creencias, sus costumbres o su forma de entender la vida, pero sí deben existir ciertos límites y normas que deben respetarse por igual. Porque cuando cada uno pretende vivir únicamente bajo sus propias reglas, la convivencia termina rompiéndose.
Además, hay algo que personalmente considero importante: España tiene una identidad cultural propia, construida durante siglos, y creo que esa identidad merece ser respetada y protegida. No como una forma de rechazo hacia quien viene de fuera, sino como parte del marco común que permite convivir a personas muy distintas.
Desde dentro de cualquier prisión uno acaba viendo que el problema aparece cuando se cae en cualquiera de los dos extremos: por un lado, pensar que toda la sociedad debe adaptarse constantemente a cada diferencia individual y por otro, creer que la integración puede imponerse solo mediante autoridad o disciplina. Ninguna de las dos cosas creo que funcione.
La imposición sin comprensión suele generar rechazo, pero la ausencia de normas claras acaba generando desorden y conflicto, y en prisión, donde la tensión ya existe de por sí, cualquier error en ese equilibrio termina notándose rápidamente.
Por eso, con el tiempo he llegado a pensar que la única vía posible pasa por combinar exigencia y comprensión.
Normas claras, sí, pero también capacidad de entender las diferencias y gestionar la convivencia de forma inteligente.
El problema es que muchas veces ni una cosa ni la otra se hacen bien. Yo he visto conflictos provocados simplemente por diferencias culturales, por no entender el idioma, por distintas maneras de relacionarse o por formas opuestas de entender el respeto y la autoridad. Situaciones que, en muchos casos, podrían evitarse si existiera una gestión más realista de la multiculturalidad dentro de prisión.
Todo esto, al final, conecta directamente con la reinserción. Considero que es imposible hablar de reinserción cuando una persona no consigue integrarse mínimamente en la sociedad en la que tendrá que vivir al salir de prisión.
Por eso me cuesta entender que todavía haya quien trate este tema como algo secundario. La multiculturalidad es uno de los grandes retos del sistema penitenciario actual, convivir no consiste solo en compartir un espacio. Y mientras no se entienda eso, la reinserción seguirá siendo, demasiadas veces, más un discurso que una realidad.
