Tormenta

Por: Dra. Marian Rojas Estapé. Psiquiatra y escritora.

En los últimos años he visitado distintas cárceles de España y he hablado, también en consulta, con personas que ya habían cumplido su pena. Hay una pregunta que siempre acabo haciendo: «¿qué sentiste un segundo antes de tomar la decisión que cambió tu vida?». No pregunto qué pensaba. Pregunto qué sentía. Porque casi ninguna decisión que después se lamenta nace de un cálculo frío. Nace de una emoción que, en ese instante, se volvió más grande que la propia persona.

Casi todos describen lo mismo: no un pensamiento, sino una sensación. Un peso en el pecho. Un zumbido en la cabeza. La impresión de que el mundo se había estrechado hasta convertirse en un pasillo sin salida. El delito casi nunca nace de la nada: nace de una emoción que llegó antes que la decisión, y que muchas veces llegó sin avisar.

Lo que ocurre en el cerebro

Cuando alguien se siente amenazado, humillado o profundamente desesperado, el cerebro no razona como en un domingo tranquilo. Cuando además hay detrás un trauma de abandono, abuso, violencia o soledad mantenida, ciertas zonas del cerebro cambian su forma de reaccionar. La amígdala —la alarma de incendios del cerebro— se dispara ante la amenaza puntual, y se queda en alerta permanente cuando la amenaza se ha repetido en el tiempo. La consecuencia es clara: la corteza prefrontal, la parte que gestiona los impulsos y nos permite ver las consecuencias de nuestros actos, se bloquea. No es una excusa; es una descripción de cómo estamos construidos. En la alta carga emocional, sentimos primero y entendemos después.

He conocido a personas que mataron por celos y que, en el instante previo, no sentían odio sino pánico a perder lo que creían que los sostenía. He conocido a jóvenes que robaron no por codicia sino por vergüenza, por no soportar volver a casa con las manos vacías otra vez. Debajo de la rabia —la emoción más visible, pero casi nunca la primera— casi siempre encuentro otra cosa: miedo a no importar, vergüenza que no se puede nombrar, necesidad de pertenecer, de no ser volver a ser abandonado…

Si tuviera que resumirlo en una frase: muchas de esas personas delinquieron porque, en ese instante, su corteza prefrontal dejó de mostrarles las consecuencias de sus actos. Y esa corteza se apaga por motivos muy concretos: el trauma mantenido, la rabia que nubla, el consumo abusivo de drogas, la soledad que erosiona el juicio. Ninguna de estas causas anula la responsabilidad del acto, pero todas explican por qué la parte del cerebro que debía decir «espera» no llegó a tiempo.

También empuja la desesperanza: la certeza, real o distorsionada, de que no hay otra salida. Cuando alguien lleva mucho tiempo sintiendo que el sistema, la familia o la vida le han cerrado todas las puertas, el cerebro entra en modo de supervivencia inmediata y las consecuencias a largo plazo dejan de pesar.

La buena noticia

Podemos conocernos. Podemos aprender a gestionar nuestro mundo interior. No olvidemos que esa tormenta emocional deja señales antes de estallar: tensión en la mandíbula, calor en el pecho, la mente que se nubla. Ese margen, por pequeño que sea, es donde existe la posibilidad de elegir otra cosa. Y lo que se puede desregular también se puede entrenar. Comparto tres ideas que en mi experiencia clínica marcan la diferencia:

Nombrar lo que se siente. «Esto que noto en el pecho es rabia», «esto que aprieta la garganta es miedo». Poner nombre a la emoción reactiva justo la parte del cerebro que la emoción intensa había apagado.

Ganar tiempo. Toda emoción tiene un pico y después baja. Interponer noventa segundos entre sentir y actuar —respirar, salir de la habitación, contar hasta veinte— le da a la mente pensante la oportunidad de volver a la mesa.

Escuchar la emoción en vez de obedecerla. El miedo, la rabia o la vergüenza no son enemigos: son mensajeros que avisan de que algo duele o necesita cambiar. Preguntarle a una emoción «¿de qué intentas protegerme?» es el primer paso para recuperar las riendas.

Entender la emoción que precede al acto —y la biografía y las heridas que hay detrás— es el primer paso para no repetirlo. El cerebro conserva capacidad de cambio durante toda la vida: ninguna historia queda escrita del todo. Hay esperanza, ¡la neuroplasticidad y el cambio existen ¡Cada vez que alguien elige nombrar lo que siente en lugar de obedecerlo ciegamente, está reescribiendo, literalmente, los circuitos que un día tomaron otra decisión.