Pablo_Cebrian

Texto: Lucas Gómez

Ha sido nominado a varios premios Grammy, el último este año por el disco Tú que ha producido para Hakuna. También ha producido los mejores discos de los últimos tiempos para artistas como Rafael, Manuel Carrasco, Aitana, David Bisbal o Malú, entre otros muchos. Y sin embargo, acude un viernes a la prisión de Soto para tener esta entrevista. Seguro que podía haber disfrutado de planes mucho mejores, pero así es Pablo Cebrián, sencillo, cercano, comprometido, muy amable, en su conversación se demuestra que un gran corazón nunca es incompatible con el éxito.

¿Cómo se define Pablo Cebrián?

A día de hoy me defino como un tío con suerte que ha llegado hasta donde ha llegado haciendo música, porque sé hacer pocas cosas más. En mi entorno familiar nadie se dedica a la música y cuando yo lo puse encima de la mesa, nadie se lo tomó en serio, de hecho nunca tuve apoyo ni clases ni nada de eso. Pero me di cuenta que en los caminos por los que me llevó la vida había una fuerza mayor que quería que me dedicara a esto. Cada vez que me desvié de ese camino, siempre hubo algo que me situaba de nuevo en él. La música ha sido el faro que me ha llevado a todos lados.

¿Qué representaba la música para ti de niño?

Viajábamos mucho por la profesión de mi padre, por lo que no lograba consolidar amigos. Entonces la música fue como mi lugar seguro, un sitio que siempre me esperaba, que siempre estaba ahí. Eso fue así hasta los 11 años, que mi padre fallece en un accidente de tráfico. Entonces ya sí, la música y la guitarra se convierten totalmente en mi refugio.

Últimamente estoy leyendo sobre Experiencias Cercanas a la Muerte y muchos de los testimonios hablan de que al otro lado se escuchaba una música maravillosa. ¿En ese sentido, en un sentido trascendental, qué es la música para ti?

Esa pregunta me la estuve haciendo durante mucho tiempo. Te he dicho que la música, el estudio de grabación, es mi entorno seguro, mi refugio. ¿Qué pasó? Que cuando llegó el éxito a mi vida de repente tienes algo que todo el mundo también quiere. De repente, durante un tiempo más largo de lo que me hubiera gustado, la música se convirtió para mí en un castigo, no podía escuchar música. Todas las horas del día las dedicaba a eso pero no era algo que disfrutara. Me decía: “sólo hay una cosa que me gusta en el mundo y me la he cargado, ¿ahora qué hago?”. Me encontraba súper vacío porque identificaba la música como un negocio.

Se había perdido la esencia con la que llegaste al éxito…

Eso es. Y justo, al empezar a trabajar con Hakuna, volví a entender lo que era hacer música por hacerla, por su belleza. Entonces, para mí, respondiendo a tu pregunta, la música es la belleza. Y cuando he ido con ese foco, todo lo que he hecho ha tenido éxito, pero ese éxito es sólo una consecuencia de esa búsqueda de belleza.

Al hilo de lo que acabas de comentar, nos cuentan que has experimentado una profunda conversión espiritual en los últimos tiempos. ¿Cómo describirías ese proceso? ¿Cómo lo viviste?

Antes te hablaba de que siempre había algo que me encarrilaba otra vez. Ahora ya, con mi conversión, sabía qué era. Hace poco hice un trabajo sobre los caminantes de Emaús, que eran unos caminantes que, cuando Jesús muere, se van de Jerusalén y en el camino se les presenta Jesús todo el rato pero éstos no lo ven, porque están tristes, están jodidos, incluso están discutiendo. Había señales de que Jesús había resucitado y no lo veían, pues del mismo modo yo en mi camino no veía nada.

Pero ahora, después de mi conversión, miro hacia atrás y veo que también recibía señales.

Y bueno, mi conversión nació de la música, como no podía ser de otra manera. Hay una cosa en la que estoy eternamente agradecido al Señor: que todo lo ha hecho con la música primero. Ya te conté que estaba en un momento laboral y personal difícil cuando me llama Javier Cano, de Cadena 100, un gran amigo mío, para colaborar con Hakuna y yo digo: “¿Pero eso qué es?”. Y me contesta: “Un grupo católico”. Respondí que no me interesaba. Pero él me terminó convenciendo.

Lo curioso es que yo desde 2014 escuchaba música worship americana (música contemporánea de adoración cristiana), era mi referencia. Esa fue mi motivación con Hakuna.

Después del primer día de trabajar con ellos me fui a casa con una sonrisa increíble y dormí genial, cosa que no me su­cedía desde hacía tiempo. Hacía tanto tiempo que no traba­jaba con gente, entrecomillas, amateur, que no recordaba el por qué se hacía la música. La música no se hace para vender, se hace para que sea lo más bonita posible. Y así empecé a recordar también por qué hacía música yo.

Y nada, todo quedo ahí y al poco tiempo me llaman y me preguntan si quiero quedar con ellos porque don Josepe, el fundador de Hakuna, me quería conocer. Y de esa reunión salió la idea de hacer un disco de alabanza. Me quedé fli­pando, se iba a hacer un disco de alabanza en España y lo iba a hacer yo, que sabía de eso, que justo estaba escuchando ese tipo de música desde hacía tiempo y quería hacer algo así. Ellos propusieron ir a un convento al siguiente fin de se­mana. Coincidió que allí hicieron una hora santa a la que me sumé. Y me encantó. Primero porque en mi vida no dedicaba nada de tiempo a la reflexión, y el simple hecho de estar allí en silencio era la leche. Y después de eso, la inspiración fue tal que se compuso el 80 por ciento del disco durante aquel fin de semana.

Todo el proceso está lleno de sincronicidades, de algo que sucede demasiado significativo como para que sea azaroso.

Siempre en mi vida esas casualidades estuvieron pre­sentes. De hecho, las estoy escribiendo porque quiero dejar constancia de ellas. Y a partir de ese momento de inspira­ción con Hakuna pasaron muchas más, a las que ya no po­día pasar por alto.

Después del disco, y aunque todavía no rezaba, sí que empecé a encontrar un lugar de paz junto a esta gente. Así, poco a poco, hasta que me di cuenta de que me ha salvado. Vivir pensando que soy querido incluso con mis errores para mí fue un comodín increíble. Hasta entonces intentaba re­solver mis problemas yo solo y durante una época me abru­maron, no les veía solución. Y a partir de esta conversación, me dije “relájate, a lo mejor esos problemas no los tienes ni que resolver tú”. Ha sido un antes y después.

¿Qué crees que está pasando para que este fenómeno de música espiritual sea tan fuerte, para que haya esa cone­xión tan mágica con el público?

A mí todo esto me ha devuelto la fe en el ser humano, porque veníamos de una época donde asociábamos la juven­tud con un tipo de música y unos valores dudosos. No puede ser que todo lo que se escuche sólo sea con un mensaje, un mensaje cosificador sobre todo. Pero creo que sin tener que hacer nada, todo se equilibra. Para mí era una pena porque yo nací en una época con una música de mucha calidad y diversidad y la juventud de hoy oye una música un tanto in­fantil en cuanto al sonido y pornográfica en cuanto a las le­tras. Considero que la gente necesita llenarse y después de toda esta época, creo que esta música más significativa tiene más sentido que nunca.

Organizaste la visita del Papá en el aspecto musical con gran éxito. ¿Cómo fue aquello? Hubo una gran conexión entre los jóvenes a través de la música.

Yo me encargué de las vigilias, de los encuentros con

jóvenes, tanto en Barcelona como Madrid. El lenguaje de los jóvenes hoy día es el de la música. Y además, sobre todo, este acercamiento a la música con valores y mensaje era una oca­sión perfecta para esto. Piensa que el himno, que para mí fue el eje de todo, lo compusimos en nada, estuvimos bendeci­dos. Salió tan fluido que casi todas las voces que salen en el himno se grabaron ese día. Para mí, un momento que nunca borraré de mi mente fue cuando llegó al Papá. Yo lo escu­chaba todo por el pinganillo en el escenario y desde ahí voy viendo cómo va llegando. Le iba diciendo a la gente “poco a poco” y manteniendo la música en bucle para hacer coin­cidir la parte principal de canción con la entrada del Papa. Y justo cuando el Papa sube la escalera digo “¡ahora!” y em­pieza el “Alza la mirada”. Se nos puso la carne de gallina. Y después, además, se nos acercó el Santo Padre a los músicos y nos dio un aplauso.

Pero estar ahí así, manteniendo el tipo, controlándolo todo, con tanta presión tuvo que ser…

No, no, yo sentí que había estado toda la vida entre­nando para esto. Todo había sido un entrenamiento hasta entonces (risas).

Dicen que la música amansa a las fieras, ¿cómo crees que puede ayudar la música a la sanación espiritual de los pre­sos y a su reinserción?

En mi caso, acercarse la música desde la raíz e intentar tener un instrumento en tus manos aunque no te salga bien, intentar conectar desde ahí es lo más sano que he tenido en mi vida. Primero porque por un momento la cabeza sólo está ahí y es un sitio increíble. Nunca he tenido aburrimiento en mi vida, eso no ha existido con una guitarra en mis manos. Yo creo que todo el mundo tiene algo que decir, todo el mundo tiene algo dentro y aquí en prisión también. Yo os he visto cuando he ido a la grabación del disco o a la Hora Santa. Yo ahí no veo presos, yo veo gente que gracias a la música no está ahí, que consigue evadirse.

¿Y qué música escucha Pablo Cebrián?

Mi disco favorito de siempre ha sido Ok Computer, de Radiohead. De hecho, yo tenía una novia que tenía ese disco en su casa en cinta y muchas veces iba sólo a escuchar el disco. Me gustaba tanto el disco que no quería que me lo copiara porque sabía que me iba a obsesionar.

Después, de música española, me gustan muchísimas co­sas. Pero por ejemplo, mis amigos de Viva Suecia, de Siloé me flipan. Y así de más joven, te diría que seguramente no sería músico si no fuera por Héroes del Silencio.

¿Y para cuándo Pablo Cebrián en un disco cantando?

¡Pues en eso estoy ahora! Yo vine a Madrid desde Canarias ya con un grupo, a buscarme la vida con 300 euros en el bol­sillo. Tras esa experiencia, que fue tremenda, el grupo se disol­vió y me quedé solo produciendo. A partir de entonces, otros grupos y artistas empezaron a pedirme que les produjera su disco y lo que hacía era ponerme en su lugar para llevarlo a cabo, pero se perdía algo que era hacer música para ti. He compuesto canciones para otras muchas personas en este tiempo y ha sido un regalo el que grandes artistas canten tus canciones, pero el enfoque que te pones cuando es para ti es otra cosa. Entonces lo estoy haciendo casi como terapia.

Para hacerte la entrevista, estuve mirando la lista de ar­tistas con los que has trabajado y es impresionante. ¿Con qué otros grupos o artistas de todos los tiempos te hu­biera gustado trabajar?

¿Sabes lo que pasa? Cuando trabajas con un artista des­mitificas mucho porque pasa a ser tu amigo. Entonces querría dejar a los artistas que me gustan en el sitio del mito. Pero sí me ha pasado, por ejemplo, con Pedro Guerra, que me en­señó un montón. Con el tiempo acabé produciéndole y aca­bamos haciendo un disco triple que salió hace poco y que, por suerte, también fue nominado a los Grammy. Un disco que se llama Parceiros, te lo recomiendo.

Hemos dejado para el final lo de la nominación al Grammy de este año por el disco de Hakuna que has producido. ¿Cómo te sientes, qué te han dicho los chavales de Hakuna?

He tenido la suerte de tener algunas nominaciones más, pero para mí nada comparable a esta. Primero por los cha­vales y también para mí porque este disco ha sido el vehículo para mi felicidad. Pero también porque, a la vez, he ido cono­ciendo a Hakuna y sus diversos movimientos por el mundo. Pienso, por ejemplo, en un chaval de Venezuela o de cual­quier otro lugar que fuera a la Hora Santa y le criticasen por ello sus amigos y allegados. Quizá con esta nominación eso ya no sea así, al contrario, a lo mejor para ese chaval a partir de ahora acudir a la Hora Santa le resulte un orgullo. Para mí eso es lo más importante que hemos conseguido con este disco y con esta nominación a los Grammy.