Texto: Lucas Gómez
Más conocido como Josito, es un sacerdote muy querido por la comunidad penitenciaria por el trabajo que viene desarrollando desde hace casi 40 años tanto para la mejora de la instituciones penitenciaras como para la reinserción de presos. Ha cosechado muchos logros en ambos planos, pero el que más le llena es el de haber hecho grandes amigos entre los internos y los funcionarios de prisiones. Abogado y criminalista, además de Vicario Pastoral de la Archidiócesis de Madrid, es un hombre de gran elocuencia y cultísimo cuya sabiduría regala, en este caso, a los lectores de Ecos de Soto.
Usted iba para inspector de policía cuando experimentó una conversión. ¿Nos puede contar cómo fue el proceso?
Yo no era una persona especialmente religiosa, el momento de búsqueda de sentido me sobrevino cuando estaba estudiando derecho. Me sentí llamado por Dios para ser cura, pero me llevó muchos años hasta que di el paso, porque además mi vocación era de policía duro.
En un momento determinado, fui al seminario y hablé incluso con el cardenal y, dije, oiga, me pasa una cosa muy rara, yo me siento llamado a ayudar a que la gente, a que no tenga que delinquir, a que la gente viva con dignidad y a que la gente que se ha equivocado en el camino sea capaz de darse cuenta de los errores, se responsabilice de lo que ha hecho y salga adelante. Entonces nos pusimos unas condiciones: yo pedí seguir utilizando el Derecho Penal como instrumento, pues para mí el derecho es un instrumento al servicio de la dignificación de las personas, cuando el derecho no dignifica, cuando el derecho no da cobertura a las necesidades de las personas, sino que las asfixia, no sirve. Así que desde entonces empecé a ejercer como abogado seminarista siempre en favor de los pobres y siempre en labores de defensa penal y luego ya como sacerdote durante bastantes años.
En la cárcel hay muchas personas que proceden de familias desestructuradas, ¿hay alguna relación entre la carencia del amor y el delito?
Claro que hay una correlación evidente, en ese sentido hay una frase de un místico que dice “donde no hay amor, pon amor y sacarás amor”. Si las instancias básicas que nos socializan, que son en primer lugar el núcleo familiar y la escuela fallan, es muy probable que falle todo lo demás. Las posibilidades de insertarte en el medio laboral van a ser también mucho más difíciles, entonces ciertamente que la falta de una socialización justa, correcta, adecuada y amorosa está debajo de un porcentaje de delitos. Yo he dicho siempre que yo defendía al delincuente por impotencia, pero nunca al delincuente por prepotencia, hago una distinción muy poco rigurosa y muy poco académica, con lo cual no quiero decir que estos últimos no se merezcan ser defendidos. Pero sí es verdad que yo he hecho esa distinción.
¿Cuáles son sus mayores satisfacciones como sacerdote?
Pues mi mayor satisfacción es el descubrir que personas a las que he acompañado durante muchos años son amigos, sencillamente amigos, es decir, que ese ideal de que las personas tienen la posibilidad de cambiar, que ha sido mi apuesta vital durante muchísimos años, se cumple, que es real, que cuando sumamos condiciones de posibilidad las cosas mejoran. Está demostrado que las políticas penitenciarias que apuestan por el tratamiento disminuyen sistemáticamente la tasa de reincidencia.
Pero volviendo a eso, la mayor satisfacción para mí como sacerdote es descubrir que la apuesta de Jesús por los vulnerables no es un postulado idealista y ñoño, sino que después de casi 40 años de esta historia, es absolutamente cierto, las personas cambian.
¿Y cuál es la parte más dificultosa?
La parte más dificultosa, la que genera más impotencia a veces es la relación con las instituciones, con las estructuras, aunque también las estructuras cambian. He participado con mi amigo y compañero Julián Ríos en campañas que ahora veo con alegría que forman parte de lo que poco a poco se ha ido metiendo, por ejemplo, hace un montón de años hicimos una campaña que se llamó No Violencia y Libertad gracias al cual se consiguió una reducción importantísima del número de personas que estaban en el régimen del primer grado. Yo creo que hemos ido cambiando, pero repito, todavía tenemos que cambiar más cosas para que la cultura penitenciaria se aproxime lo más posible a la cultura de libertad, que es la que os tocará vivir, ojalá que pronto, en breve.
¿Cómo se encuentra el amor en la religión? Hay gente que tiene mucha suerte y tiene fe, pero hay otra que no la tiene y siguen siendo personas, ¿cómo pueden emprender el camino entonces?
El Espíritu Santo está presente en todos los hombres y en todas las mujeres por el hecho de serlo.
¿Pero cómo se conecta con él?
A través del silencio. El silencio es una de las cosas más importantes. Mi experiencia de conversión, por ejemplo, tuvo que ver con un momento de silencio.
Yo creo que a veces estamos con muchas prisas, con mucho ruido, nos oímos, rumiamos, y aquí en las celdas anda que no se rumia, es decir, que te tiras toda la noche rumiando y rumiando y rumiando, por eso digo lo de no hacerse la víctima, sino abrirse, esponjar el corazón, estar un poco más relajados. Es abrirse a la experiencia de Dios. Dios siempre entra por alguna ventana, por algún puerto. El encuentro con el absoluto de Dios es a través, fundamentalmente, del silencio
¿Considera entonces el racionalismo imperante en la actualidad está mutilando el espíritu humano?
Sí, el racionalismo es la reducción de la persona. Pero ahora tenemos también el riesgo de irnos a otro extremo, porque ahora ya no veo tanto racionalismo, sino emotivismo. Entonces, somos seres racionales y emocionales. La polarización en la racionalidad es un error que impide la felicidad y el emotivismo solo también, porque vives continuamente angustiado de lo que piensan otros, de lo que dirán otros, del miedo, de no sé cuántos.
Parece que hay, al ver las noticias, un imperio del ego tremendo y que nos estamos olvidando de esa base común de humanidad. ¿Cómo se vuelve a espiritualizar de nuevo a la gente?
Yo creo, con brocha gordísima, que, en la evolución de los últimos milenios de la historia de la humanidad, hemos pasado por varios modelos. Uno, primero, mágico, de ignorancia. Otro segundo momento, mucho más purificado de lo mágico, religioso. Otro momento que empieza con el Renacimiento y sigue con la Ilustración, y con la etapa moderna, donde el centro es el ser humano. Y ahora estamos en otro que, si tuviera que ilustrar con un dibujo, sería un ombligo.
¿Qué tenemos que hacer?
Pues yo creo que no se trata de volver atrás en la historia, pero desde luego considero que el olvido de la dimensión religiosa es una de las más graves castraciones del ser humano, porque las personas tenemos necesidades afectivas, necesidades de techo, de vivienda, de libertad, pero tenemos también necesidades espirituales, llamemos a Dios como le queramos llamar.
Entonces, la recuperación de la dimensión trascendente se antoja fundamental para encontrar el sentido de la vida.
Eso es, hay que recuperar algo que en la Biblia se llama la sabiduría, y la sabiduría no es la erudición, ni es el conocimiento, es el arte de saber vivir.
