En el cine, las películas acaban cuando cogen al malo y lo meten en la cárcel, pero hay vida después de prisión. La persona que ha cometido un delito, si se quiere salvar, si desea tener otra oportunidad primero deberá hacer un riguroso y honesto examen de conciencia para descubrir las emociones que la condujeron a tomar la aciaga decisión que dio con sus huesos en la cárcel. Una vez descubiertas tales emociones, habrá de averiguar de dónde surgen y por qué y, con ello, avanzar en aras del pleno gobierno de sí mismo.
Puede ser un proceso arduo y muy doloroso, pues al tiempo que brega con tal carga emocional, tiene que hacerlo también con la separación de sus seres queridos, con el sentimiento de culpabilidad, con la pérdida de autoestima, con la soledad que todo preso siente en su camastro por las noches, etc. Pero los grandes éxitos requieren grandes esfuerzos. Según el escritor Víctor Hugo, “en las grandes crisis el corazón se rompe o se curte”. Pues bien, no tenía razón. En las grandes crisis, el corazón se rompe y después de roto es cuando se curte. Suceden las dos cosas. Y está bien que sea así, la naturaleza es sabia.
A lo largo de toda la historia de la humanidad, en muy diversas culturas, el joven que pretendía entrar en la vida adulta tenía que superar una prueba de iniciación consistente en un ritual donde se simulaba su muerte. Una muerte simbólica era esencial para que el joven abandonara todos sus apegos y emociones infantiles. Después de eso, tenía lugar el renacimiento. Adulto, sabio, sereno, dueño de sí. La cárcel puede ser un buen lugar para renacer. Todo depende de la óptica con la que miremos la etapa que vamos a pasar en prisión. Si la cárcel se convierte en una especie de retiro espiritual donde uno se encuentra a sí mismo, se conoce o reconoce más hondamente, puede ser lo mejor que a uno le haya pasado en la vida. Cuando una persona pasa de preguntarse “¿por qué a mí?” a “¿para qué?”, la nueva perspectiva hará que todo cobre sentido. Decía un filósofo famoso que quien tiene un porqué puede resistir cualquier cómo. Así, si uno encuentra el sentido de todo esto, si aprovecha para pulir sus defectos, para profundizar en sus virtudes, para conducirse con honestidad y bonhomía, puede que dentro de la prisión tenga lugar una metamorfosis que le convierta en una gran persona con mucho que aportar a la sociedad.
Por eso es tan importante saber a qué sentimientos o emociones vendimos nuestra alma para estar aquí.
Es vital conocer nuestra historia personal para no volver a repetirla, porque tras la mala decisión y la cárcel, seguimos tomando decisiones. El tiempo se agota, ya no hay más margen para errores. ¿Qué decisión tomaremos en lo sucesivo? ¿Seguiremos delinquiendo cuando salgamos? Si es así, hemos de saber que estamos perdidos, que somos carne de cañón, que antes o después nuestro destino será la cárcel de nuevo.
¡Decide!, ya han pasado muchas más noches que mil y una. Podemos contribuir a romper el tópico del presidiario malvado, demostrar que la película no se acaba cuando entramos en prisión, sino que empieza cuando salimos renovados de ella. Es en los lugares más humildes y marginales donde se producen los milagros: si Cristo nació en un humilde portal entre animales, ¿por qué no vamos a poder gestarnos nosotros de nuevo en este útero de piedra que algunos llaman penitenciaría?
