Uno puede vender su alma al diablo de diversas maneras. En nuestros tiempos, la manera más rápida de llegar al infierno son las drogas. Tras un momento de mentiroso bienestar, aguardan años de sufrimiento en los que se puede perder a los seres queridos, las virtudes que se poseían, la libertad o incluso la vida. A continuación, Ecos de Soto ofrece un reportaje en el que se afronta el problema de la drogadicción desde un punto de vista científico y desde otro emocional a través de los artículos de dos psicólogas que trabajan en Soto del Real. Entre uno y otro artículo, se presentan los testimonios de cinco personas que desde el Módulo Terapéutico de Proyecto Hombre cuentan su experiencia al respecto. Ellos son la prueba viviente de que a pesar de todo hay esperanza, de que incluso en el infierno uno puede dedicarse a zurcir su cielo. A todos ellos, la revista les brinda su apoyo y les agradece de corazón que hayan aceptado compartir sus vivencias con todos los lectores. Ojalá que estos testimonios ayuden a muchas personas a no caer jamás en las drogas y animem a otras a reunir el valor y la voluntad para dejarlas atrás.
LOS ESTRAGOS DE LAS DROGAS EN EL CEREBRO
El cerebro humano es una red extraordinariamente compleja formada por cerca de 86 mil millones de neuronas que se comunican entre sí mediante señales químicas y eléctricas. Estas señales permiten que pensemos, sintamos, recordemos y tomemos
decisiones. Las drogas —tanto legales como ilegales— actúan precisamente sobre ese delicado sistema de comunicación, alterando su funcionamiento de maneras que pueden ser placenteras a corto plazo, pero dañinas a largo plazo.
Las neuronas se comunican a través de sustancias llamadas neurotransmisores. Entre los más conocidos se encuentran la dopamina (relacionada con el placer y la motivación), la serotonina (estado de ánimo), el GABA (inhibición y relajación) y el glutamato (excitación y aprendizaje).
Cuando realizamos actividades esenciales para la supervivencia, como comer, el cerebro libera dopamina en un circuito conocido como “sistema de recompensa”. Este circuito incluye regiones como el núcleo accumbens o el área tegmental ventral, y es responsable de las sensaciones de placer. Las drogas actúan sobre este sistema amplificando artificialmente la señal de recompensa. El problema es que el cerebro no está diseñado para manejar esos niveles extraordinarios de estimulación.
Sustancias como la cocaína o las anfetaminas incrementan la disponibilidad de dopamina en el espacio entre neuronas. La cocaína, por ejemplo, bloquea el mecanismo que normalmente retira la dopamina después de ser liberada, lo que provoca una acumulación anormal de esta sustancia. El resultado es euforia, aumento de energía y sensación de poder.
Sin embargo, el cerebro intenta compensar este exceso reduciendo su propia producción de dopamina o disminuyendo la sensibilidad de sus receptores. Con el tiempo, la persona necesita dosis mayores para sentir el mismo efecto (tolerancia) y puede experimentar apatía, depresión o irritabilidad cuando no consume la sustancia.
En cuanto al alcohol y las benzodiacepinas, actúan fundamentalmente potenciando el efecto del GABA, el principal neurotransmisor inhibidor. Esto reduce la actividad cerebral, produciendo relajación, desinhibición y, en dosis elevadas, sedación.
El consumo crónico de alcohol puede alterar profundamente la estructura cerebral. Estudios de neuroimagen muestran reducción del volumen en regiones como la corteza prefrontal, responsable de la toma de decisiones y el control de impulsos. Además, la interrupción brusca tras un consumo prolongado puede provocar síntomas graves de abstinencia, como convulsiones, debido a que el cerebro se ha adaptado a funcionar en presencia constante de la sustancia.
Por su parte, el principal componente psicoactivo del cannabis,el THC, actúa sobre el sistema endocannabinoide, un conjunto de “Comprender cómo actúan las drogas en el cerebro no solo desmonta mitos, sino que también permite abordar el consumo desde una perspectiva científica.” receptores distribuidos por todo el cerebro. Estos receptores participan en la regulación del apetito, la memoria y la percepción del dolor.
Al unirse a estos receptores, el THC altera la comunicación entre neuronas, lo que puede modificar la percepción del tiempo, intensificar las sensaciones y afectar la memoria a corto plazo. En adolescentes, cuyo cerebro aún está en desarrollo, el consumo frecuente se ha asociado con cambios en la conectividad cerebral y un mayor riesgo de trastornos psiquiátricos en personas vulnerables.
Finalmente, los opioides, como la morfina o la heroína, se unen a receptores específicos que normalmente responden a sustancias producidas por el propio cuerpo para aliviar el dolor. Al activarlos de forma intensa, generan una potente sensación de bienestar y analgesia.
El problema es que también deprimen el centro respiratorio en el tronco encefálico, lo que puede provocar una sobredosis fatal. Además,
la adaptación del cerebro conduce rápidamente a la dependencia física: sin la droga, aparecen síntomas de abstinencia como dolor intenso, náuseas y ansiedad extrema.
La adicción no es simplemente falta de voluntad. Es un trastorno cerebral crónico que implica cambios duraderos en los circuitos de recompensa, memoria y autocontrol. La repetición del consumo fortalece las conexiones neuronales asociadas a la droga, haciendo que ciertos estímulos —lugares, personas, emociones— desencadenen un deseo intenso o “craving”.
Con el tiempo, el consumo deja de estar motivado por la búsqueda de placer y pasa a estar impulsado por la necesidad de evitar el malestar de la abstinencia.
Pero la buena noticia es que el cerebro posee plasticidad: puede reorganizarse y recuperar parte de su funcionamiento con abstinencia y tratamiento adecuado. Terapias psicológicas, apoyo social y, en algunos casos, medicamentos, ayudan a restablecer el equilibrio neuroquímico y fortalecer los circuitos de autocontrol.
Comprender cómo actúan las drogas en el cerebro no solo desmonta mitos, sino que también permite abordar el consumo desde una perspectiva científica. Detrás de cada conducta adictiva hay un órgano biológico intentando adaptarse a una estimulación para la que nunca estuvo preparado.
El cerebro es extraordinariamente flexible, pero también profundamente sensible. Y en esa dualidad reside tanto su vulnerabilidad frente a las drogas como su capacidad de recuperación.
Por: SONIA
Psicóloga, Soto del Real Nº74250
La vida no es perfecta, pero cuando logras dejar atrás las adicciones, aprendes a encontrar belleza en la imperfección.
Drew Barrymore

ALBERTO
Este Alberto que tenéis aquí, el que os está hablando, vio la luz en un año especial para este país. Era el año 1982. Obviamente, mi vida no empezó en la cárcel, pero, por las circunstancias de mi entorno, estuve mucho tiempo en el vacío. Mi vida siempre fue una maleta vacía, No hablo de falta de ropa, sino de falta de nombres. Ello hizo (y con esto no quiero dar pena, ni tampoco hacerme la víctima) que mi infancia y adolescencia no contara con el calor que normalmente se da en todo hogar.
Mientras otros tenían un salón con fotos de comunión, yo tenía bancos en el parque y el eco de una familia que nunca supo, o nunca quiso, ser refugio. He pasado años deambulando, siendo un fantasma que camina por las calles de no que lo ven. Mi hogar no era un código postal; era el lugar donde esa noche no soplara el viento en la cara.
Es verdad que he podido realizar algunos trabajos: mozo de almacén, manipulador de alimentos, ayudante de jardinería, reponedor, ayudante de pastelero, entre otros, todos ellos de corta duración. Por tanto, una vida laboral cuyo expediente no ocupa mucho espacio en la memoria de los discos duros informáticos de la Seguridad Social.
Dormir a la intemperie te cambia la piel. Te vuelves duro por fuera, como la corteza de un árbol viejo pero por dentro te vas pudriendo de frío. Cuando el estómago te ruge como una fiera enjaulada, la moral se vuelve un lujo que no puedes pagar. Empecé con un paquete de fiambre, luego una cartera olvidada… Cientos de pequeños hurtos que no eran por avaricia, sino por supervivencia, aunque al final el peso de todo lo robado terminó hundiéndome los hombros. La calle te recibe con una libertad falsa que pronto se convierte en miseria. Recuerdo la humillación de revolver contenedores, buscando algo que todavía pareciera comida entre los residuos; dormir sobre cartones sintiendo que el frío no solo te hiela la piel, sino el alma. Ahí aparece la droga, la “dama blanca”. Primero es un refugio, un alivio para el hambre y la soledad, pero termina robándote todo lo bueno y bonito que te queda. La cocaína no fue una fiesta; fue una venda. Me drogaba para no sentir que el suelo estaba duro, para olvidar que nadie me esperaba en ninguna parte. Era como intentar apagar un incendio echándole gasolina: un alivio de diez minutos que me dejaba el alma en cenizas. Y esto fue un día y otro.
Y metido en ese submundo se requiere que haya “pasta” con el fin de alcanzar esa especie de “paraíso” del todo efímero y volátil. Total, para mantener ese vicio, el robo se convierte en tu único oficio.
El destino, que a veces tiene formas extrañas de salvarnos, me trajo a la cárcel. Al principio, las rejas me parecieron el final del camino, el último agujero. Pero aquí, dentro del módulo de recuperación de Proyecto Hombre, esas rejas se han convertido en el mejor de los remedios que ayudan a una planta torcida a crecer derecha. Y la gran culpa (bienvenida esa “culpa”) de todo ello la tienen nuestros terapeutas, compañeros de camino y de viaje. Por primera vez, no huyo de nada. Aquí he aprendido que mi pasado no es una sentencia de muerte, sino una lección mal leída.
Cuando el estómago te ruge como una fiera enjaulada, la moral se vuelve un lujo que no puedes pagar
Estoy limpiando los escombros de tantos años de abandono. Ya no necesito la droga para silenciar las penas, porque ahora tengo palabras para nombrarlas y compañeros que escuchan sin juzgar. Siento que estoy construyendo mi primera casa real, ladrillo a ladrillo, dentro de mi propio pecho. Miro al futuro y, por primera vez en décadas, no veo un callejón oscuro. Veo una puerta entornada. Sé que la reinserción no es un regalo, es un trabajo diario de artesanía. Quiero un trabajo que me canse los brazos, pero me dé sustento y paz al dormir; quiero una mesa pequeña, pero que sea mía. He dejado de ser un náufrago para empezar a ser capitán de mi propia barca, y aunque el mar sigue siendo grande, ahora sé que hay tierra firma esperándome a la salida
Alberto, módulo terapéutico.

Salir de la adicción implica la recuperación y el redescubrimiento de uno mismo.
Carl Rogers
DANIEL
Aun con toda la mochila que llevaba a mis espaldas pude llevar una adolescencia “normal”. Saque mis estudios, tenía amigos, salía, entraba…, pero siempre me faltó el cariño de mi madre; algo que no se puede comprar, que no se puede buscar. Se tiene la que se tiene. Durante esa etapa mi vida conseguí recuperar en reiteradas ocasiones su contacto, pero siempre sucedía lo mismo que en mi infancia: volvía a desaparecer.
Mi infancia y la de mis hermanas fue bastante precaria, no por circunstancias de la vida, sino por las malas decisiones de quienes deberían ser nuestros referentes, Aunque es cierto que mi madre tuvo una vida dura, me he propuesto no victimizarlas más. Por tanto, debo decir que no supo ser madre, ni tampoco mi padre. Para no entrar en detalles, solo diré que mi madre es toxicómana y mi padre…, bueno, no sabría decir qué es. Solo que no fue padre.
«Tengo mucho que oferecer a los demás y espero ser de ayuda a personas que pasen por desdichas similares
Cuando ya tenía una vida más o menos construida volvió a aparecer, esta vez para quedarse. Con lo que no contaba era que ella no se quedaría, sino que yo me perdería con ella. La tenía conmigo y no la soltaría, aunque eso significara destruirme a mí mismo: y así fue.
Desde ese momento supe lo que era fumarme en pipa. Es una sensación que a día de hoy me cuesta explicar con palabras. De Málaga a Cañada Real, Madrid; en un abrir cerrar ojos. Esa fue mi trayectoria. Cuando aquí aquello me impactó profundamente. Todo era sucio, frío y hostil, aunque se convirtió en mi “hogar” por largo tiempo. Me sorprendió descubrir que mi madre era muy querida allí. Esa situación me facilitó mucho mi estancia en el poblado.
Aunque dependía de mi madre para consumir, cada vez quería más. Fui por ello que decidí “trabajar” para los gitanos. Dos micras cada tres horas era el pago por esclavizarme para esa gente.
Mo volví más independiente en ese entorno, lo que me causaba grandes problemas, pues cada vez se la liaba a un gitano, mi madre era quien daba la cara por mí. Ella fue la que me libró de unas cuantas palizas, aunque de otras tantas no pudo. “Yo me lo busqué”.
Llegó un momento en que no podía siguiera acercarme a ciertas casas por todas las que había liado, y tenía que ver a mi madre a escondidas. Ella era quien me quitaba el mono y me aproveché de esa situación, pues cada vez necesitaba mayor dosis y comprometía a mi madre a tener dios sabe qué problemas con los gitanos.
Pruebo “el pico” y aquello se convierte en el acabose. Crucé fronteras que mi madre nunca sobrepasó. Llegue a verla como dispensador automático de droga. Hasta que ya no pudo más y me evitaba a toda costa. Necesitaba medios para conseguir mi dosis, así que empecé a hacer lo que en la jerga toxicómana llamamos “la mecha”; hurtar en supermercados.
Cuando ya no había supermercado cerca al que pudiera pasar y como necesitaba mucho más, empezaron mis salidas nocturnas. Paseos que podían durar toda la noche buscando algo que pudiera robar. Empecé abriendo coches y sustrayendo todo lo que tuviera valor de su interior: gafas de sol, ropa, colonia, dinero… Pero seguía necesitando más. El “mono” y el deseo provocado por la cocaína y heroína intravenoso es indescriptible.
De los coches pase a asaltar casas. De ahí lograba sacar gran cantidad de dinero y enseres de valor. Pero el riesgo era mayor. Cuando conseguía ver a mi madre, no dejaba de suplicarme que lo dejará ya, que no siguiera robando. Me imploraba que no siguiera pinchándome, que cualquier día iban a venirle que me habían encontrado tirado en una cuneta con una jeringuilla en el brazo y que acabaría con ella; acabaría con su vida también.
Aun con eso, continuaba con la que era mi rutina. En ese momento me dio igual pasar hasta por encima de mi madre para conseguir lo que necesitaba. Hasta que pasó lo que tenía que pasar.
Ingreso en Soto del Real y pienso que es lo mejor que me podía pasar. No solo por mi recuperación física, que es un hecho obvio, sino porque a día de hoy lucho y trabajo por mi recuperación psicológica. Estar en prisión ha supuesto el reencuentro con mis hermanas y conocer a mis sobrinas, por quienes sé que daría mi vida. También estoy sacándome el acceso a la universidad porque conozco mis capacidades y aptitudes y quiero ser una persona de provecho en el futuro. Tengo mucho que ofrecer a los demás y espero ser de ayuda a personas que pasen por desdichas similares. Decirlas a esas personas que aunque el pozo puede ser profundo, siempre hay alguien para tenderte la cuerda. Que su decisión no sea escarbar hacia el fondo. Toma esa cuerda y, por supuesto, trabaja para impulsarte.
Daniel, módulo terapéutico.
Tratar mi adicción me permitió reencontrarme con la alegría, mi familia y mi trabajo.
Stephen King

MIGUEL
Tengo 26 años y llevo en prisión desde el 7 de junio de 2024. No he tenido una vida fácil, mis padres se separaron cuando yo tenía solo un año y, desde que tengo uso de razón, nunca se han llevado bien. Siempre los he visto peleando por lo que para mí eran meras tonterías.
Tampoco fue fácil para mí salir del armario, fuel el primero de tres familiares y no fue un camino de rosas precisamente. No tuve mucho afecto por parte de mis padres y lo busqué fuera de casa. Con esa carencia afectiva buscaba la aprobación a caerle en gracia a todo el mundo con el que me relacionaba. Todo esto me llevó a consumir varias sustancias a lo largo de mi vida, si no fuera por ese sentimiento de soledad y querer tener gente a mi lado, sin darme cuenta de que ya la tenía, no hubiera consumido. A los 16 años me invitaron al mi primer porro. A los 18 conocía a un chico con el que las cosas fueron muy rápido. Me quería ir de casa de mi madre y en menos de un mes ya estaba instalado en la casa de ese chico. Este muchacho consumía porros y yo era muy reacio a ello, pero acabé cayendo.
«Con esa carencia afectiva buscaba caerle en gracia a todo el mundo con el que me relacionaba»
Dejé a este chico por otro después de dos años sin apenas explicaciones y tras haberle pedido matrimonio. Esta última relación fue muy traumática: malos tratos, abusos, cosas que pasas por alto cuando estás en una relación tóxica. Todo era muy intenso, fue el año y medio en el que más cosas aprendí. Al dejarlo con él, conocí a uno de mis mejores amigos, que a día de doy me sigue visitando en prisión. Él tonteaba con las mismas sustancias que yo. No estoy diciendo que por su culpa empecé a consumir otras cosas, porque fue y será exclusivamente culpa mía. Me enseñó sitios del ambiente gay que nunca había frecuentado y me gustaron. Empecé a trabajar en una discoteca del ambiente (spoiler: peligro. Acababa de encontrar un piso tirado de precio en el centro de Madrid, a 15 minutos de la discoteca, la cual era una bomba de relojería con neones y mucho cu
Al final, era la droga la que me estaba consumiendo a mí. Vi el movimiento de droga que había por el ambiente y creí que podía hacer lo mismo. : Acabé vendiendo a casi todo Madrid: discotecas, afters, pubs, saunas, fiestas privadas; me creí el rey. Hacía cada vez más contactos, lo que me llevaba a más ventas, más dinero, más de 14000 euros semanales. Estaba para todo el mundo hasta que me pillaron, pero nadie ha estado parea mí desde que entré aquí.
Llevo ocho meses en el módulo terapéutico Proyecto Hombre que no solo me ayuda a lidiar con mis adicciones sino también en el ámbito familiar, sentimental. Todo eso ha contribuido a que en la actualidad me encuentre en un proceso de crecimiento personal. Aquí me han enseñado que ya estaba preso incluso antes de entrar en prisión, por lo que animo a todo el mundo que quiera recibir ayuda a que la pida; aquí será recibido con los brazos abiertos. Son estrictos y rectos, pero vale la pena para no volver aquí nunca más.
Miguel, módulo terapéutico.

El mayor desafío no es dejar las drogas, sino enfrentarte a ti mismo y a tus demonios cuando estás sobrio.
Jhonny Cash
IVÁN
Soy alcohólico y hoy no he bebido. Con esta frase de alcohólicos anónimos reconocí mi problema y fue la primera toma de contacto con mi proceso de recuperación. Empecé a beber de una forma social, se podría decir que era divertido. Quedabas con los amigos, tomabas una cerveza o salías a comer y tomabas un poco de vino, o simplemente salías a una discoteca y te tomabas unas copas. Poco a poco vas bebiendo más, hasta que te empiezas a emborrachar. Vas perdiendo el control y ya no sales a divertirte, sales simplemente a emborracharte.
En mi caso, una relación tóxica de pareja me hizo ver que si mantenía más tiempo la borrachera, me sentía mejor conmigo mismo y el sufrimiento de aguantar cosas que tenía por qué aguantar era mucho más llevadero. Desaparecía el dolor y venía el placer. Esto fue el detonante final para ser un enfermo alcohólico. Al final piensas que ese veneno que te bebes es el que te ayuda, el que te hace enfrentarte a los problemas, que nada puede contigo y que con él es todo posible. Solamente estás cavando tu propia tumba.
No me quedé solo en el alcohol y empecé a consumir cocaína para contrarrestar los síntomas de la embriaguez y así mantenerme más tiempo consumiendo en un estado de satisfacción constante. Creyéndome yo mismo que estaba en un nivel superior al de cualquier mortal. Empecé a descuidarme física y mentalmente, eso pasó factura y al poco me despidieron del trabajo. La pareja que entonces tenía, que merecía la pena, me dejó. Amigos de infancia se fueron apartando poco a poco y formando su propia vida, pero la mía se quedaba estancada en el mismo lugar, con diferente gente y cada vez más solo y triste en mi interior. Mi familiar es la que siempre me ha aguantado, nunca me ha dado por perdido y siempre me ha estado apoyando. Tuve la lucidez de meterme en una buena clínica que me ha ayudado mucho, pero mi inconstancia y mi propia adicción hacían que no fuera fácil mantenerme sobrio. Siempre que me he mantenido así, he conseguido grandes cosas.
Actualmente, soy conductor profesional de una empresa importante de Madrid y quise derrotar por fin al alcohol. Estaba mal y sabía que así no podía aguantar mucho más. Decidí pedir la baja y dedicarme a mi recuperación total. Es en ese momento cuando me doy cuenta de que dejar de beber se puede hacer, de que es una acción que se puede lograr, pero lo difícil es vivir la vida entera sin beber, alejándote de malas compañías, renunciando a sitios, no exponerte a escenarios complicados, cambiar hábitos y tu forma de pensar. Eso es lo complicado. La sociedad tampoco ayuda mucho y me da la impresión de que el alcohol está presente en muchas situaciones de la vida. Pera nada de todo ello, importa, porque mi objetivo está claro: no puedo beber. Aun así, con todo ese camino recorrido, los fracases y aprendizajes personales, en agosto de 2025, después de una noche de borrachera, me despierto en casa de mi pareja otra vez destruido por la resaca. El fracaso unido a la moral hundida, la tristeza, el arrepentimiento me hicieron decidir irme a casa de mis padres. Solamente llevaba cinco minutos en el coche cuando un camión entorpece mi marcha, decido cambiarme de carril e impacto con un vehículo estacionado en doble fila con el maletero abierto y una mujer descargando mercancías para un bar. La mujer que sufrió el golpe falleció y yo di positivo en alcohol y drogas.
«Desaparecía el dolor y venía el placer. Esto fue el detonante final para ser un enfermo alcohólico»
No comprendía nada de lo que estaba sucediendo. El mundo se desplomó a mis pies. Esa mujer murió yo no he vuelto a ser la misma persona. Tengo 43 años y no sé cuánto tiempo estaré en prisión, si encontraré la paz o mi deseada sobriedad, pero lo que tengo claro que es que lucharé con todas mis fuerzas para conseguirlo.
Iván, módulo terapéutico.
No pienso en toda la desgracia, sino en toda la belleza que aún permanece.
Anna Frank.

MOISÉS
Tengo 40 años, llevo 5 años en prisión y sin verdaderamente libre media vida. Soy adicto, aceptarlo de verdad no ha sido nada fácil, tal vez por eso no he salido hasta el día de hoy de mis adicciones. A día de hoy sigo en tratamiento terapéutico en Proyecto Hombre, llevo poco más de un año desde que me regresaron del CIS con el artículo 100.2 por dar positivo en drogas.
«Me rindo antes mis adicciones, sé que no soy más fuerte que ellas y, por lo tanto, las dejo, al menos por hoy, tal y como se dice en alcohólicos anónimos.»
Después de tantos años perdido y oculto en mis adicciones se puede decir que he vuelto a nacer gracias al sistema de Proyecto Hombre, a los profesionales que nos guían día a día y sobre todo a mi compromiso real de querer cambiar. He aprendido que jugar a dejar de drogarme no es suficiente para salir de este infierno, sino que hay muchas cosas que debo cambiar en mi vida: creencias y hábitos, entre otras muchas. Solo acabo de empezar el camino y sé que cuando salga de prisión me seguirá quedando mucho trabajo.
Después de haber pasado por varias asociaciones de adictos en rehabilitación desde el año 2012 y por hospitales en los que he seguido diversos tratamientos con psicólogos, he aprendido a base de recaídas que nada ni nadie puede haber que dejes esa vida, solamente uno mismo, con la verdadera intención de querer salir sabiendo que se van a perder cosas en el camino y que va a requerir toda mi atención e intención por el resto de mi vida.
He sentido que he tocado fondo y ahora es tiempo de tomarme en serio que soy adicto y que puedo hacer de todo en la vida de manera normal sin acudir a mis adicciones, las cuales me han hecho perder no solo dinero sino amistades, oportunidades laborales, relación familiar, el tiempo con mi mujer y nuestro hijo, la confianza, la dignidad, el honor, la salud y la libertad. Tengo una frase tatuada que me gusta recordar cuando tengo pensamientos de consumo: “Rendirse para ganar”.
Me rindo antes mis adicciones, sé que no soy más fuerte que ellas y, por lo tanto, las dejo, al menos por hoy, tal y como se dice en alcohólicos anónimos.
