La cultura puede convertirse en una tabla de salvación. No como evasión, sino como reflexión interna. El director de cine, realizador y guionista Antonio Cuadri entiende el arte desde ese lugar: como una forma honesta de mirar la realidad sin adornos, de escuchar a quienes no siempre tienen voz y de recordar que toda persona es más que sus errores.
Aparte de la película que acudió a estrenar en Soto, Te protegerán mis alas, también ha dirigido, entre otras, El corazón de la tierra o Eres mi héroe. Es el creador de la serie juvenil Al salir de clase y ha dirigido numerosos episodios de Cuéntame cómo pasó, la seria más longeva de la televisión en España
Antonio Cuadri: “La realidad y el fondo humano de las personas es lo que me interesa contar”
Antonio, cuando se mira a sí mismo más allá del cine y del reconocimiento profesional, ¿cómo se define?
Me considero un ser humano inquieto, un viajero nato en constante descubrimiento. Nunca me ha gustado acomodarme en mi zona de confort. Soy, como se suele decir, un culillo de mal asiento. Necesito moverme, cambiar, descubrir. Y no hablo solo de viajar físicamente, sino de un viaje interior. Me gusta que el viaje me cale, que me transforme, evolucionar y aprender de lo que voy viviendo.
Esa inquietud parece una constante en su manera de estar en el mundo.
Sí, porque para mí quedarse quieto es una forma de estancarse. El viaje, entendido en un sentido amplio, te obliga a replantearte cosas, a cambiar de mirada. Creo que solo así se crece de verdad, como persona y también como creador.
Sin embargo, cuando se le pregunta por su faceta profesional, usted muestra cierta distancia con el término “director”.
Me sigue costando verme a mí mismo como director. Yo digo que hago películas, que es diferente. Si me miro a mí mismo, no me reconozco del todo como director. Me reivindico mucho más como espectador. Me gusta el cine en una sala, sentarme y ver una película como se debe ver. Eso es lo que me fascina realmente del cine.
¿Esa mirada de espectador condiciona su forma de hacer películas?
Sin duda. Creo que cuando uno no pierde esa condición de espectador, mantiene cierta humildad. No pienso tanto en la etiqueta profesional como en la experiencia que se genera al contar una historia y al compartirla con otros.
La mayoría de sus películas y series tienen un claro carácter social. ¿Por qué esa elección constante?
En los proyectos que he emprendido siempre ha habido, en la mayoría de los casos, un denominador común: los hechos reales. Y además, con una dimensión social. A veces no sé si soy un director de cine o un reportero, un documentalista o un periodista al que le interesa el tema social, la realidad, el fondo humano real de las personas. Eso es lo que me mueve.
¿Qué encuentra en esa realidad social que no le ofrecen otros relatos?
Encuentro verdad. Encuentro contradicciones, dolor, esperanza, humanidad. Me interesa lo que nos pasa de verdad, no tanto la ficción alejada de la vida real. Las personas, con sus luces y sus sombras, son mucho más complejas y más interesantes que cualquier personaje inventado.
En ese contexto surge una pregunta casi inevitable: ¿para cuándo una película sobre prisiones que cuente la realidad de un centro como Soto del Real?
En cuanto me deis el guion, si tenéis una buena historia que se pueda adaptar. Porque la realidad de la prisión la habéis vivido, la estáis viviendo vosotros mejor que nadie. Nadie puede contar eso desde fuera sin escuchar primero a quienes están dentro.
¿Qué le atrae de ese posible proyecto?
Me interesa reflejar el drama intimista. El de un interno o varios internos que tengan la posibilidad de mirarse al espejo, de sentir y de ver qué ha supuesto y qué está suponiendo su paso por prisión. Contarlo con realismo, sin artificios. Eso sería un proyecto fabuloso.
Además, destaca que el paso por prisión no siempre apaga la inquietud cultural.
Exacto. Vosotros no habéis perdido el interés por la cultura, al contrario, lo habéis potenciado. Se ve claramente en la revista que editáis. Eso dice mucho. La cultura sigue viva incluso en un entorno tan duro, y eso tiene un valor enorme.
En un mundo complejo y a menudo hostil, usted habla de “alas” que nos protegen. ¿Cuáles serían esas alas hoy?
Nuestras alas interiores. En función de la creencia de cada cual, pueden venir del espíritu, de ese pequeño Dios que anida dentro de ti. Esa fuerza que te ayuda en los momentos en los que estás a punto de tirar la toalla, cuando estás desesperado y parece que has tocado fondo. Siempre hay algo que nace de ti y que te protege.
Pero no basta solo con la fuerza interior.
No. No podemos prescindir de la protección de la gente que nos quiere: la familia, los amigos. Y además, como sociedad, hay que dar cobertura a los excluidos, a las personas que necesitan una segunda oportunidad. Esas son las alas protectoras y hay que echar mano de ellas.

¿Cree que la sociedad actual cuida suficientemente a esas personas excluidas?
Creo que no siempre. A veces miramos hacia otro lado. Por eso es tan importante insistir en la necesidad de la segunda oportunidad y del acompañamiento real.
Usted ha reflexionado también sobre el silencio de la gente buena. ¿Por qué cree que hace tan poco ruido?
Porque es una labor silenciosa. El simple hecho de no hacer el mal a propósito, de hacer las cosas de manera anónima, callada, sencilla, humilde. Ir sembrando. La suma de esas pequeñas acciones, tarde o temprano, termina cambiando el mundo para bien.
¿Cree de verdad en el poder del cambio individual?
Totalmente. Si un hombre cambia, si una mujer cambia, cambia el mundo, cambia la humanidad. Pero todo empieza por uno. Hay cambios que a lo mejor no se intentan, pero ese es el primer paso.
Si tuviera que elegir una película que le hubiese gustado dirigir, ¿cuál sería?
Ladrón de bicicletas, de Vittorio De Sica. Es una película de 1945, de la posguerra italiana. Está protagonizada por un albañil que no era actor y por un niño, De Sica, con su cámara.
Su próximo proyecto vuelve a partir de hechos reales.
Sí. Se llama La prodigiosa vida de Juan Latino. Es la historia de un esclavo negro español, nacido en Granada en el siglo XVI, contemporáneo de Cervantes. Trabajaba como mozo de cuadras en casa de unos aristócratas descendientes del Gran Capitán.
Para terminar, ¿qué le gustaría que quedara de su cine?
Que sirva para mirar de frente la realidad, para entender mejor a las personas y para no rendirse. Porque mientras haya cultura, pensamiento y humanidad, siempre hay una posibilidad de cambio.
Ernesto Fontcuberta.
