Foto: LUCIA GALÁN Ganadora del concurso de fotografía Apiscam 2019

En estos tiempos convulsos que nos está tocando vivir, donde se suceden acontecimientos que pensábamos solo podían verse en una pantalla de cine: pandemias, catástrofes naturales, guerras a la puerta de nuestra casa…, me gustaría reflexionar con vosotros sobre algunos de nuestros comportamientos, y compararlos con los de otros animales con una trayectoria evolutiva más larga que la nuestra, y que han encontrado formas de adaptarse al medio sensiblemente diferentes, y de las que quizá podamos aprender algo.

No somos los únicos animales con una organización social compleja, y una capacidad de adaptación y supervivencia muy sofisticada que basa su éxito principalmente en la capacidad de colaboración y la solidaridad. Sin embargo, nuestras sociedades se polarizan y dividen cada día más. Vemos al que no piensa como nosotros como un enemigo a combatir; creemos lo que nos interesa y no nos molestamos en comprobar nada, y se proponen muchas veces soluciones simples a problemas complejos que por supuesto resultarán equivocadas. Padecemos una crisis de valores profunda donde prevalece el hedonismo y la reivindicación vehemente de nuestros derechos, asumiendo de forma relajada nuestras obligaciones. Damos gran valor a las apariencias frente a la honestidad con nosotros mismos. Como se suele decir todo el mundo va a lo suyo, menos yo, que voy a lo mío.

Frente a esto encontramos sociedades animales con una organización compleja, sofisticada y fascinante como la colmena. Esclavas de su instinto y guiadas por el olor de las feromonas, las abejas nada más nacer empiezan a trabajar cuidando y alimentando las larvas, dándoles calor y alimento. Nadie se escaquea. Si hay algo por hacer, la primera que pasa por allí lo hace. Todas por igual, de forma solidaria y en armonía. Siempre salen de la colmena a expulsar sus excrementos. La colmena debe estar en las mejores condiciones de
higiene posible, pero si las condiciones meteorológicas impiden salir, aguantan hasta
morir. Dicen que la vida de la abeja se mide en aleteos, no en tiempo. Mueren de agotamiento y suelen hacerlo fuera de la colmena evitando a sus compañeras el trabajo de sacarlas después. El éxito es colectivo o se convierte en fracaso. En el mundo de las abejas también hay enfermedades, ataques externos, carencias por sequía y falta de alimento e inclemencias meteorológicas. Pero la forma de reaccionar a estas situaciones es muy distinta a la nuestra. No envían a la guerra a las más jóvenes. Si hay que repeler una agresión, las que se sacrifican en la lucha son las más viejas. Las jóvenes son necesarias para cuidar la cría primero y buscar alimento después. Las más viejas, que ya han agotado una buena parte de su energía y reservas de proteínas en su cuerpo, hacen un último acto de generosidad con el grupo y sacrifican su vida por la colmena. En su última etapa de la vida, guardan y protegen
la colmena de ataques externos. Antes fueron nodrizas y cuidaron a las crías; cereras y
construyeron un hogar; y después pecoreadoras buscando néctar y polen, incluso a
varios kilómetros de la colmena. Lejos de la colmena son pacíficas y si son molestadas se
van a buscar su alimento a otro sitio.

Tienen una reina, pero las que mandan son las obreras. Éstas deciden lo que conviene en cada momento y controlan el comportamiento de la reina a través de su alimentación. Aquí cobra todo su sentido aquello de que somos lo que comemos. La reina está al servicio de la colmena y sacrifica su larga vida, que dedica única y exclusivamente a poner huevos. Miles en un solo día en épocas de crecimiento y entrada abundante de polen y néctar. Lo único que diferencia a la reina del resto de abejas obreras es que ésta fue alimentada siempre con jalea
real durante su desarrollo. Solo abandona la colmena en una ocasión para ser fecundada
y después no vuelve a salir. La vida de las abejas es trabajar para la colmena,
recolectar y guardar alimento; mantener una temperatura adecuada para las crías, pero llegado el momento, cuando la colmena crece con la abundancia de la primavera, la mitad de la colonia hace un gesto de generosidad sin igual en el mundo animal, y un día abandona todo y sale a buscar un nuevo emplazamiento. A empezar de cero junto a su vieja reina, dejando todo el fruto de su trabajo, la miel y el polen almacenados, y la seguridad de la colmena a la otra mitad de la colonia que permanece con su joven reina que acaba de nacer. Es necesario, es lo mejor para el grupo, es el enjambre que dará lugar a un nuevo individuo, una nueva colonia. Quizá en otro artículo hablaré de los zánganos, incapaces de alimentarse por sí solos, sin aguijón para defenderse, sin apéndice succionador de néctar, comilones insaciables, inútiles y holgazanes. Pero si es el más rápido, el que vuele más alto y ve antes a la reina virgen se convertirá en el elegido, el padre de toda la colonia.

Foto: Ganadora del concurso de fotografía Apiscam 2019

MAGDALENO

Educación Social y CC. de la Educación.