Por: Napoleón Grant
Las primeras bombillas de energía eléctrica comenzaron a iluminar los edificios y las avenidas en la década de 1880 ante la mirada atónita de quienes por siglos habían estado acostumbrados a la luz de las farolas públicas. ¿Qué cambios supondría eso? La pérdida de empleos de cientos de faroleros, el colapso de la industria de fabricación de velas y el temor creciente por los peligros de esta energía nueva, invisible y letal. Se imprimieron carteles de concienciación para prevenir a la población sobre el peligro de la electricidad y el riesgo de morir electrocutado.
Hoy, casi 130 años después, la electricidad es una parte normalizada de nuestra realidad, sin que por eso ignoremos su potencial mortal. Todos sabemos que hay que cortar la corriente antes de manipular una toma eléctrica. Sabemos que el agua conduce la electricidad, que no deberíamos meternos con un tostador a la bañera y que no debemos mojar ningún electrodoméstico. Sabemos que, si alguien recibe una descarga, no debemos intentar desprenderlo con las manos y que nunca deberíamos introducir un tenedor en la tomacorriente. Porque, aunque la electricidad es algo natural en nuestras vidas, nunca ignoraremos que es peligrosa.
Confianza en aumento
La Inteligencia Artificial ha llegado para reinventar nuestra relación con muchos campos y forma parte del mundo al que todos los presos se reintegrarán. No podemos ignorarla, pues seríamos como el hombre cavernario que cuando sale de la cueva, encuentra un mundo desfasado de su realidad. La IA es ya parte de nuestro día a día, presente en lo que leemos, oímos y vemos, en las noticias, en la música y en cada vez más áreas de trabajo.
En un fragmento del libro “Yo, Robot” (escrito en 1950 por Isaac Asimov e interpretada en el cine por Will Smith), el detective tiene una conversación con un robot sospechoso de homicidio y le pregunta: “¿Puedes crear una obra de arte?”, el robot le responde: “¿Y usted?”
El mundo se maravilló cuando hace un par de años, la IA trazaba las primeras pinceladas de una obra artística, hoy es capaz de replicar y crear obras asombrosas. Es solo el principio. A tal grado avanzamos, que las cláusulas que prohíben crear textos con IA se han vuelto obligatorias en los certámenes literarios.
Una actividad tan humana como el arte y la poesía es hoy replicable por un algoritmo, así como las ventas, las llamadas de teleoperadores, los itinerarios de viaje, la seguridad incluso se automatiza cada vez más fuerte con la IA. En un futuro cercano las consultas más especializadas, incluso los chequeos médicos, tendrán una buena dosis de IA. De hecho, no son pocos los que hoy le adjuntan un estudio médico a su IA favorita para que les de una interpretación, muchas veces hasta más detallada que la de su médico de cabecera. Las nuevas generaciones confían cada vez más en la IA.
Una actividad tan humana como el arte y la poesía es hoy replicable por un algoritmo, así como las ventas, las llamadas de teleoperadores, los itinerarios de viaje, la seguridad incluso se automatiza cada vez más fuerte con la IA. En un futuro cercano las consultas más especializadas, incluso los chequeos médicos, tendrán una buena dosis de IA.
De hecho, no son pocos los que hoy le adjuntan un estudio médico a su IA favorita para que les de una interpretación, muchas veces hasta más detallada que la de su médico de cabecera. Las nuevas generaciones confían cada vez más en la IA.
“La Inteligencia Artificial debe ser desarmada.”
León XIV
Potencial destructivo
Sin embargo, al igual que la electricidad, no debemos nunca ignorar que la IA también es peligrosa y debe ser utilizada con la misma precaución con la que manipularíamos una instalación eléctrica. El potencial destructivo de la IA radica en su capacidad para desinformar, manipular y sobre todo, deshumanizarnos.
Ante esta realidad, el pasado mayo, el papa León XIV lanzó una encíclica, ante un “cambio epocal” que “amenaza la dignidad humana”. La llamada del papa ha sido fuerte y clara: “La inteligencia artificial debe ser desarmada.”
Desarmar para entender
¿Qué significa desarmar? Esto se debe entender en dos sentidos:
Siendo niños, más de uno desarmó un juguete nuevo para entender su funcionamiento. Es parte de la curiosidad humana examinar las cosas y lo mismo debe ser aplicado al campo de la IA.Debemos desarmarla para entender cómo funciona, qué peligros tiene, cómo debemos interactuar con ella. Así como sabemos que el agua y la electricidad no son compatibles, es preciso conocer los límites de la IA, en qué momentos y circunstancias es nociva.
Modo «ECO»
Todo padre advierte a sus hijos que no debe meter los dedos en un enchufe y que apague la luz antes de cambiar una bombilla. Le enseña a colocar el modo “eco” en la mayoría de electrodomésticos. Así mismo, debemos guiar a nuestros hijos en el fabuloso mundo de la IA. Enseñarles que ese oso panda montando en bicicleta no es real, que esa noticia debería ser contrastada, que no necesita volverse dependiente de una IA para hacer sus deberes y sobre todo, que debe ponerse en “modo eco” para aprender a dosificar la inteligencia artificial sobre la humana.
Desarmar para prevenir
El segundo sentido de la palabra “desarmada” es literalmente prevenir que no se convierta en un arma, porque la IA, puede convertirse en un instrumento de manipulación masiva, de desinformación y de control.
En las palabras de la encíclica: “La Inteligencia Artificial requiere hoy ser desarmada, liberada de lógicas que la transforman en instrumento de dominio, de exclusión o de muerte. (…) cuando la tecnología debilita nuestro sentido crítico, es la paz misma la que está en riesgo. La Inteligencia Artificial hoy en día afecta muchos ámbitos de nuestra vida, influye en las decisiones y está cambiando radicalmente la forma en que se libra la guerra.”
Ante esa llamada, la exhortación de la encíclica concluye: “Solo con una visión tan integral podrá orientarse la Inteligencia Artificial hacia el bien común. Solo juntos —quienes diseñan los sistemas y quienes sufren sus consecuencias, las instituciones y los individuos — seremos capaces de construir un futuro, no para unos pocos privilegiados, sino para toda la familia humana.”
Superar a la IA con la realidad
Debemos permitir que nuestra realidad supere a la IA. Eso significa buscar las experiencias que ninguna inteligencia puede emular: las que nos conectan con las personas que amamos y con las que convivimos.
Cada persona es única, un sujeto libre e inteligente con conciencia, capaz de hacer el bien, de transformar su vida y de cuidar la casa común en la que todos habitamos.
“En un mundo de IA, no dejemos de ser artesanos de la vida humana.”
No debemos pretender permanecer en la caverna, aislados de la realidad del mundo que avanza a pasos agigantados en materia tecno- lógica. Tampoco podemos fundir las lámparas de luz eléctrica para reinstalar las viejas faro- las de gas. No podemos enseñar a nuestros hijos el viejo oficio de escribir a máquina en un mundo donde los ordenadores y los móviles incluso predicen palabras.
Pero sí debemos, casi como una obligación humana, saber poner los límites, aprender a coexistir con la IA sin que eso aminore otras inteligencias que nos son propias: la Inteligencia emocional y social, la perspicacia, la imaginación, inspiración y, sobre todo, la razón. En un mundo de IA, no dejemos de ser “artesanos” de la vida humana.
