«El hecho o capacidad de soportar un proceso o situación desagradable o difícil sin rendirse. La capacidad de algo para durar o resistir el desgaste»
Parte I
La redacción de Ecos de Soto se toma el privilegio de rescatar un antiguo término, la palabra estandarte de todo aquel que se enfrenta a una etapa difícil y dolorosa en su vida, un concepto al que mirar cuando vacile el ánimo, una proteína para muscular la perseverancia y la esperanza, la primera semilla de nuestro futuro jardín; la fe en nuestra fortaleza interior para sobreponernos a nuestros defectos, desgracias y sus consecuencias. Si no te sientes bien, cuando la noche persiste bajo tus ojos, si vacilas, cuando te ametralla la lluvia, confía en ti mismo, indura, amigo, es lo único que cuenta.
¿Pero cuál es el origen de este término? Un día, Napoleón Grant, miembro del equipo editorial de la revista, consultaba el Oxford Dictionary cuando halló un par palabras que dieron lugar a un cúmulo de casualidades que aunaban todo aquello que el magazín intenta compartir en cada uno de sus números: endure y endurance. Ambas proceden del latín indurare y, sin embargo, siendo el español un idioma procedente del latín, hemos olvidado ese concepto en nuestra lengua.
“¿Y qué significa?”, pregunta Gabee Pardo. “El hecho o capacidad de soportar un proceso o situación desagradable o difícil sin rendirse. La capacidad de algo para durar o resistir el desgaste”, responde Napoleón. Gabee recuerda entonces la poesía que Nelson Mandela leyó durante los 27 años que estuvo preso y que le ayudó a recorrer su durísimo camino, tras el cual llegó a presidente de Sudáfrica:
Invicto
Fuera de la noche que me envuelve,
negra, como un abismo insondable,
le doy gracias al dios que fuere,
por mi alma inconquistable.
En las feroces garras de la circunstancia,
no he gritado, ni he gemido.
Bajo los golpes del destino,
he sangrado, pero no he cedido.
Más allá de este lugar de ira y llantos,
es inminente el horror de la sombra,
y sin embargo la amenaza de los años
me halla, y me hallará sin zozobra.
No importa cuán estrecha sea la brecha
ni cuantos castigos dicte mi sentencia.
Soy el amo de mi destino.
Soy el capitán de mi alma.
William Ernest Henley, 1875
Traducción: Ecos de Soto
Parte II
Pero la cosa no quedó ahí. La cadena de casualidades o de “sincronicidades”, tal como se refirió a ellas Lucas Gómez, es decir, sucesos demasiados casuales para ser casuales, crecieron de manera sorprendente. Investigando al respecto de la poesía que Mandela leía sin cesar, Napoleón encontró algo más, unas palabras del carismático presidente de EE.UU, Theodore Roosevelt, que Mandela utilizó para referirse a ese pundonor, sabiduría y paciencia que hay que tener para arrostrar los malos tiempos y que casan a la perfección con la experiencia carcelaria de tantos y tantos internos. He aquí ese texto:
El hombre en el campo de batalla
No es la opinión del crítico la que cuenta;
ni el hombre que señala al fuerte que se tambalea,
o el que sugiere cómo mejor se pudo haber hecho.
El laurel pertenece al que está hoy en la arena,
cuyo rostro se desfigura por polvo, sudor y sangre;
quien se esfuerza con valentía, quien yerra,
quien da un traspié tras otro,
porque no hay esfuerzo sin error ni fallo.
Es el que realmente se empeña en lograr su cometido;
quien conoce los grandes entusiasmos,
las grandes devociones;
el que se consagra a una causa digna;
quien, en lo mejor, encuentra al final
el triunfo del logro alto,
y quien, en lo peor, si falla, fallará atreviéndose en grande.
Y por ello, su lugar nunca estará
entre aquellas almas frías y tímidas
que nunca conocieron la derrota ni la victoria.
Theodore Roosevelt, 1910
Traducción: Ecos de Soto
Indurar o no indurar, he ahí la cuestión.
Ojalá la respondas afirmativamente.
Lucas Gómez,
Gabee Pardo,
Napoleón Grant
