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Hay personas que pese o gracias a haber pasado por la cárcel cumplieron sus sueños. Es posible revertir la muerte social que conlleva el paso por tan dura etapa. La prisión no debe ser, pues, un cementerio de sueños, al contrario, puede erigirse en el lugar en el que se cimentan y se planifican al tiempo que se lleva a cabo el trabajo interior necesario para perseguirlos una vez que llegue la libertad. Por ello, en el siguiente reportaje, Ecos de Soto pone algunos ejemplos de grandes escritores que supieron reconducir su vida y alcanzar el éxito a través de sus pasión por la literatura.

La vida de Edward Bunker cambió para siempre el día en el que la esposa de un productor de Hollywood, para la que había trabajado de chófer, le regaló una máquina de escribir y una suscripción a una revista literaria mientras cumplía condena en la cárcel de Folsom. Hasta ese momento, su historia era la típica de alguien a quien se le podría etiquetar como carne de prisión. Nacido en un barrio marginal, padres alcohólicos, reformatorios, drogas, violencia y algún ingrediente más le llevaron a ser uno de los diez fugitivos más buscados del FBI.
Gracias a aquella máquina de escribir logró terminar en la cárcel hasta seis novelas, siendo la sexta, No hay bestia tan feroz, la que consiguió alcanzar el visto bueno de un editor. Se dedicó al género negro, siendo incluso el fundador de uno de los subgéneros que conforman la novela negra: las Penitentiary stories. Años más tarde interpretaría al señor Azul en la ópera prima de Tarantino, Reservoir Dogs.

Otro autor que supo aprovechar su experiencia en la cárcel fue el escritor francés André Malraux, que llegó a ser nada menos que ministro de Cultura y de Estado de Francia. Parece ser que invirtió la dote de su boda en acciones de una compañía que quebró y para intentar recuperar su economía echó mano de sus conocimientos de arqueología organizando una expedición a Camboya, con el objetivo de robar piezas de arte jemer en un templo abandonado de Phnom Penh. Fue detenido in fraganti por las autoridades coloniales. Lo curioso es que su defensa consistió en denunciar la manera descuidada con la que el gobierno protegía sus bienes históricos.

Tuvo, asimismo, un papel destacado en el Guerra Civil española. Gracias a sus contactos con personalidades del Ministerio del Aire francés consiguió movilizar bombarderos, cazas y aparatos de escolta que serían pagados con fondos del gobierno español. El escritor contrató también las tripulaciones, formadas por voluntarios y profesionales.

Un caso parecido podemos encontrarlo en otro de los autores top del género negro: Chester Himes. Al contrario que Bunker, Chester sí llegó a estudiar en la universidad, aunque curiosamente fue allí donde comenzó a coquetear con los bajos fondos. Una carrera delictiva que terminaría en un atraco a mano armada que lo llevaría a la cárcel en 1928, con una condena de veinte años.
Entre rejas, sin embargo, encontró a su dios particular, el gran escritor del género negro, Dashiell Hammett. En la biblioteca de la cárcel existían varios números de Black Mask, mítica revista Pulp en la que publicaron por primera vez numerosos maestros del género. En 1934, todavía preso, consiguió publicar un relato en la revista Esquire. Un año después saldría libre y ya completamente alejado del mundo criminal. Tras varios trabajos consiguió publicar su novela Si grita, déjalo ir en 1945. El éxito de la misma le permitió dedicarse a la literatura de manera profesional y, más adelante, crearía la popular serie de detectives protagonizada por Sepulturero Jones y Ataúd Johnson.

En España, Karl May (1842-1912) aún cuenta con muchos seguidores de mediana edad que en sus años mozos, a través de sus novelas, viajaron al lejano Oeste con él, un lugar que, curiosamente, el propio autor jamás visitó. Según parece, nunca salió de su Alemania natal.
Sus novelas de aventuras compiten con las de escritores inmortales como de Julio Verne o Emilio Salgari. Sin embargo, no lo tuvo nada fácil. La vida le dio fuerte nada más nacer. Estuvo ciego hasta los cinco años y mientras los demás niños jugaban al fútbol él lo hacía con la imaginación. Una imaginación que se alimentaba con los cuentos que le contaban su padrino y su abuelo. Ello forjó a un niño inteligente y con una vida interior abrumadora. Llegó a conseguir el puesto de maestro en una de las fábricas que contrataban a niños. Allí, un hecho cambió su vida.
El día que lo despidieron no se le ocurrió otra cosa que robar un reloj y una pipa de uno de sus compañeros. Por ello, no solo ingresó en la cárcel seis semanas, también perdió su licencia de profesor. Sin posibilidad de encontrar trabajo, recurrió a su arma más poderosa: la imaginación. Le tomó el gusto a adoptar identidades falsas para cometer robos y estafas que lo convirtieron en un asiduo huésped penitenciario.
Pasó cuatro años en presión de Zwickau. Gracias a su buena conducta consiguió el puesto de encargado de la biblioteca de la prisión y se pasaba el día leyendo.
Fue allí donde decidió hacerse novelista y donde elaboró una lista de todos los libros que pensaba escribir en el futuro. El éxito lo obtendría escribiendo sobre lugares en los que jamás había estado: el oeste americano y el extremo oriente. Y fue un éxito verdaderamente sonado, ya que Karl May es uno de los escritores más populares y leídos de la lengua alemana, no en vano se vendieron millones y millones de copias de sus obras.

En España, sus novelas comenzaron a publicarse en 1927, en una edición de Gustavo Gili. Posteriormente, en los años 1930, la Editorial Molino, especializada en novelas de aventuras, adquirió los derechos de la edición española y comenzó a publicar los primeros títulos, algunos de los cuales aparecieron en plena guerra civil. La montaña de oro, La venganza de Winnetou, En la boca del lobo, El tesoro del lago de la plata, son algunas de sus obra más conocidas.

En España, Karl May (1842-1912) aún cuenta con muchos seguidores de mediana edad que en sus años mozos, a través de sus novelas, viajaron al lejano Oeste con él, un lugar que, curiosamente, el propio autor jamás visitó. Según parece, nunca salió de su Alemania natal.
Sus novelas de aventuras compiten con las de escritores inmortales como de Julio Verne o Emilio Salgari. Sin embargo, no lo tuvo nada fácil. La vida le dio fuerte nada más nacer. Estuvo ciego hasta los cinco años y mientras los demás niños jugaban al fútbol él lo hacía con la imaginación. Una imaginación que se alimentaba con los cuentos que le contaban su padrino y su abuelo. Ello forjó a un niño inteligente y con una vida interior abrumadora. Llegó a conseguir el puesto de maestro en una de las fábricas que contrataban a niños. Allí, un hecho cambió su vida.
El día que lo despidieron no se le ocurrió otra cosa que robar un reloj y una pipa de uno de sus compañeros. Por ello, no solo ingresó en la cárcel seis semanas, también perdió su licencia de profesor. Sin posibilidad de encontrar trabajo, recurrió a su arma más poderosa: la imaginación. Le tomó el gusto a adoptar identidades falsas para cometer robos y estafas que lo convirtieron en un asiduo huésped penitenciario.
Pasó cuatro años en presión de Zwickau. Gracias a su buena conducta consiguió el puesto de encargado de la biblioteca de la prisión y se pasaba el día leyendo.
Fue allí donde decidió hacerse novelista y donde elaboró una lista de todos los libros que pensaba escribir en el futuro. El éxito lo obtendría escribiendo sobre lugares en los que jamás había estado: el oeste americano y el extremo oriente. Y fue un éxito verdaderamente sonado, ya que Karl May es uno de los escritores más populares y leídos de la lengua alemana, no en vano se vendieron millones y millones de copias de sus obras.

En España, sus novelas comenzaron a publicarse en 1927, en una edición de Gustavo Gili. Posteriormente, en los años 1930, la Editorial Molino, especializada en novelas de aventuras, adquirió los derechos de la edición española y comenzó a publicar los primeros títulos, algunos de los cuales aparecieron en plena guerra civil. La montaña de oro, La venganza de Winnetou, En la boca del lobo, El tesoro del lago de la plata, son algunas de sus obra más conocidas.

Lucas Gómez