José Manuel Domínguez fue uno de los cuatro inter­nos que formó parte de la revista Ecos de Soto desde sus comienzos. De los ini­cios quedamos dos, a los que se han ido incorpo­rando más compañeros. Hay rotación, y eso significa que ninguno de nosotros estamos aquí para siem­pre. Unos saldremos antes, otros después, pero todos saldremos.

José Manuel, un compa­ñero muy risueño que com­paginaba la redacción con el economato de su mó­dulo. Una persona muy pre­parada, que mientras estuvo en prisión intentó no que­darse atrás. Pero, a pesar de haber aprovechado el tiempo de la mejor forma posible, tuvo que enfren­tarse a la dura realidad de la sociedad. Que nada es fácil. Que volver es un proceso lento. Nadie regala nada y hay que luchar, y más en ese momento tan crucial de salir de prisión e incorpo­rarse a un CIS. Por eso qui­simos que compartiera su experiencia. Teníamos curio­sidad en saber cómo le fue.

Uno se pasa meses o años como fue mi caso esperando sa­lir de Soto de Real para recuperar tu vida, volver a disfrutar de tantas cosas de las que estabas privado dentro. En Soto uno vive con lo justo, y yo me acostumbré a las cuatro cosas contadas que compraba en el economato, a las visitas de mi familia, al vis a vis mensual… Uno se acostumbra a esa austeri­dad material y sentimental. Se aprende a no gastar más de la cuenta, a prestar lo justo, a alimentarte con lo que te ponen, y a vestirte con cua­tro prendas que vas rotando cada semana. Sabes que un día eso acabará y que vol­verás a hacer esas cosas que tanto te gustaban y que te hacían feliz, que todos tene­mos en una lista de cosas que queremos hacer. Todos hacemos esa lista, en mi caso escrita muchas veces y muchas veces compartida con los compañeros.

Cuando sales crees que vas a ser el mismo y no es así.

Crees que vas a ver el mundo como lo recordabas y no es así. Piensas que las personas eran como las tenías en tus re­cuerdos y no es así, porque han cambiado y tienen nuevas manías y costumbres. Y volver a empezar no es fácil. No es fácil retomar un tren del que te has caído sin saber muy bien donde. Tu vida de antes no existe, ha sido devastada, y no puedes esperar que sea igual. Tus aspiraciones, sueños, ca­rrera profesional… Ya nada existe. Ya nada será lo mismo y cuanto antes lo aceptes mejor.

La otra cosa que tienes que gestionar, por obligación, es la vuelta al mundo laboral. Algo nada fácil. Claro está que depende de la edad de cada uno y de su profesión, pero las cosas han cambiado. Tú eres más mayor, vienes de dónde vienes, y parece que lo llevas escrito en la cara. La situación en el mundo no es fácil y en España menos, y eso se nota en el mercado laboral. Los precios de las cosas han subido mu­cho, y los sueldos muy poco o nada.

A veces he echado de menos Soto.

Sí, lo reconozco. Hay una rutina, unas reglas, y no hay prisa ni responsabilidades. Uno tiene paz y tiempo. Y fuera eso no existe. Entras en un mundo donde no puedes parar, donde parece que no llegas nunca a la siguiente curva, y tu cuenta corriente resiste mes a mes a duras penas.

Y sí, a muchas personas también las añoro porque durante mucho tiempo han sido los pilares donde me apoyaba. Dentro de prisión todos somos iguales y todos sufrimos. Fuera te sientes el bicho más raro del mundo por más que intentes parecer normal. Pero no lo eres, y muchas veces parece que la gente lo sabe.

Reconozco que una vez volví a Soto. Fui a ver a unos amigos que viven en un pueblo cer­cano y me acerqué con el coche al parking del centro. Vi la torre, respiré el aire, y sentí lo cerca que estaba de los amigos que dejé allí y a los que tanto añoro y que tanto deseo que puedan abandonar ese sitio. Pensé que si gritaba me oirían. Sonreí, saludé a la torre, me despedí de mis amigos, y me fui.

Uno cree que sale del centro penitenciario y va a ser libre y no es así.

Por lo menos yo no lo siento porque no he sido libre aún. Tengo más libertad para hacer muchísimas cosas pero no me siento libre. El primer paso tras salir de Soto no es fácil. Y es el paso al CIS. No todos son iguales, y la vida en ellos a veces no es fácil, ya que no hay nada que hacer y no todos te permiten salir a diario. Pasar varios días en el cis sin salir puede llegar a ser peor que estar en Soto. Conseguir trabajo lo soluciona, pero no siempre es fácil, y el trabajo va y viene.

Luego viene la pulsera telemática, que se convierte en otro paso más y que me convierte en una Cenicienta que tiene que estar en casa a las 11 de la noche a riesgo de convertirme en algo nada bueno. A mí me ha permitido dos cosas: dormir todos los días en casa abandonando el CIS y engordar. Porque he dejado de ir a mi gimnasio por vergüenza. Porque ese trasto no es fácil de disimular y porque no quiero que me miren y me señalen. Cada uno vive su relación con la pulsera de una manera distinta.


El tercer paso es la condicional a los tres cuartos, pero la acabo de solicitar y no puedo contar nada aún, salvo que poca gente la pide.

No todo el mundo sabe dónde he estado. Si toda mi vida he llevado una máscara ahora llevo una más grande y esa experiencia me ha convertido en un experto. Ahora acostumbro, por obligación, a mentir mucho diciendo donde he estado este tiempo y por qué no he llamado a la gente que me extrañaba.

Es increíble salir y ver el mar, bañarte en la playa, bailar, comer mil cosas distintas, salir por la noche, abrazar a tantas personas que te echaban de menos, ponerte la ropa que hace tiempo no te ponías, comprarte cosas nuevas… y que te valga porque Soto te deja un tipo muy fino.

Hace poco hice mi primer viaje en autobús de línea y sentía que iba a Nueva York, y solo iba a Valladolid. No quiero imaginar que sentiré al viajar en tren. El avión me parece ahora como algo de ciencia ficción.

Todo esto estaba en mi lista. Estas y otras cosas que he conseguido hacer, comprar, disfrutar, ver, besar, beber, probar, oír o tocar. Pero hay dos cosas de mi lista que no he podido tachar aun:

tener vacaciones y sentirme libre otra vez.