IA amenaza

Por: Lucas Gomez

Muchos expertos están estudiando el fenómeno de la Inteligencia Artificial en universidades y otros centros de pensamiento de todo el mundo. En concreto, los filósofos políticos han advertido de las amenazas para la libertad que esta tecnología representa por sí sola y también cómo puede ser utilizada de forma espuria por gobiernos, empresas y otras instituciones con gran poder de influencia en la sociedad. Ecos de Soto se ha basado en sus reflexiones para la realización de este artículo.

La IA no solo amenaza a las libertades clási­cas que se pueden tener en mente, también ataca de forma sutil a varías más. Por ejemplo, a la denominada libertad negativa, es decir, al derecho de las personas a que ninguna otra persona u organización interfiera, obstruya o coarte su vida. Este es el tipo de libertad que está en juego cuando se usa la IA para identi­ficar a personas que constituyen una amenaza a la seguridad, a quienes se considera que no tienen derecho a emigrar o al asilo, o a quie­nes han cometido un delito. La cuestión es a quién puede considerar una amenaza un gobierno o régimen determinado. Según, Mark Coecklberh, profesor de Filosofía de la Tecnología y Medios de Comunicación de la Universidad de Viena, la violación de la libertad negativa se pone en entredi­cho “cuando se utiliza la tecnología de la IA para vigilancia, para mantener a ciertas per­sonas en estado de esclavitud o explotación. La tecnología crea cadenas invisibles y ojos no humanos que están vigilando constante­mente. La cámara o el robot están siempre ahí. La reclusión física o la supervisión directa, como en las formas anteriores de encarcela­miento o esclavitud, deja de ser necesaria, es suficiente que esté ahí para monitorizar a las

personas. Piénsese en las cámaras de trá­fico, tanto si funcionan como si no: el saber que estás siendo controlado todo el tiempo, o que puedes estar siendo visto, es ya sufi­ciente para introducir disciplina”.

La tan manida transparencia de la que presumen destacabas personalidades del ám­bito económico y político sin duda ataca la línea de flotación de las sociedades libera­les, y los gigantes tecnológicos desempeñan un papel importante en este punto. Al usar redes sociales, los usuarios crean voluntaria­mente dosieres digitales sobre ellos mismos con todo tipo de información personal. Las compañías tecnológi­cas obtienen los datos de forma transparente y descarada y luego los venden por auténticas fortunas a otras empre­sas o las usan ellas mis­mas para profundizar en los perfiles de los consumidores y condi­cionar todas sus compras. Hay un dicho en marketing digital que previene contra estos peligros: “siempre que algo es gratis, ten cuidado porque el producto eres tú”. Esto es, las personas se convierten en mercancía o más bien convierten a las personas en mer­cancía, las cosifican como si fueran un yogur y las compran y las venden sin que ni siquiera se den cuenta de ello. Parece algo ya archisa­bido que cuando alguien se baja una app en el teléfono móvil y acepta los términos imprescindibles para poder usarla, tam­bién está dando permiso, a través de una letra pequeñísima, para que la empresa en cuestión haga lo que se le antoje con sus datos. A muchos lectores de Ecos les habrá sucedido también el buscar, por ejemplo, unos zapatos en internet o simplemente haber ha­blado de zapatos con otra persona y que au­tomáticamente empiecen a aparecer mensajes publicitarios de calzado por todas partes en su teléfono. “Plataformas como Facebook son el sueño húmedo de un régimen autoritario, pero también el de uno capitalista”, asegura Robert Ballard, experto de la Universidad de Edimburgo.

Ojo, por tanto, con los atenta­dos contra la liber­tad negativa, pero también con los ataques a la otra, a la libertad positiva. “Este tipo de liber­tad está en contraste no con la interferencia en el sentido de encarcelamiento u obstruc­ción, sino más con el paternalismo; alguna otra instancia decide lo que es mejor para ti. Los gobernantes autoritarios afirman conocer lo que realmente quiere tu yo superior mejor que tú mismo y, a continuación, oprimen a la gente en nombre de ese yo superior. Este de tipo de libertad no trata de la ausencia de una restricción externa o de un castigo fí­sico: es una interferencia en tu psicología del deseo y de la elección”, afirma Coeckelberg. Siguiendo con el ejemplo de los zapatos, si uno tiene la opción de comprar solo cuatro tipos de zapatos, sea como sea elegirá uno de esos cuatro. ¿Qué tiene esto que ver con la IA? Para entenderlo, considérese la naturaleza del denominado nudge: cambiar el entorno de la elección de compra con el objetivo de alterar el comportamiento de las personas. El concepto de nudge explota la psicología de la toma de decisiones humanas, en particu­lar los sesgos en la toma de tales decisiones, “por ejemplo cuando Amazon hace reco­mendaciones de productos que afirma que yo debería querer comprar. De forma similar, Spotify parece afirmar que me conoce me­jor de lo que yo mismo me conozco cuando me recomienda una música concreta. Estos sistemas de recomendación actúan como nudges en el sentido de que no limitan mi elección de libros o música, pero influyen en mi compra, mi lectura y mi comportamiento como oyente en la dirección sugerida por el algoritmo”, opina Jhon D. Trevestían, filósofo de la tecnología que en la actualidad trabaja para la Comisión Europea.

Este tipo de intervenciones no eliminan la libertad de elección o de acción de las personas. No hay coerción, pero si manipu­lación. Al operar sobre la psicología subcons­ciente de las personas, el nudge las manipula sin respetarlas como seres racionales que de­sean establecer sus propias metas y tomar sus propias decisiones. Según el reputado pen­sador Bern Berlin: “Manipular a los hombres para impulsarlos ha­cia las metas que tú (el reformador social) ves, pero puede que ellos no, es negarles su esencia humana, tratarles como objetos sin voluntad propia y, por la tanto, degradarles”.

Hasta aquí las amenazas de una tecnolo­gía que como la pólvora o la energía nuclear se pueden emplear para hacer el bien o el mal. La IA es una moneda de dos caras a la que es necesario controlar y regular para que no incurra en atentados contra los de­rechos fundamentales de las personas. La cosa no ha hecho más que empezar y todavía las regulaciones legislativas en torno al asunto son incipientes. Hay que usar con cuidado esta nueva pólvora. Dicen que los niños en las escuelas ya presentan problemas cogni­tivos porque resuelven sus deberes con la IA.

Cuando no importa saber de historia por­que se puede consultar la enciclopedia cuando se quiera, cuando no hace falta aprender a multiplicar teniendo calculadora, puede que el ser humano esté entregando su memoria, su inteligencia y sus conocimientos a ese objeto que lo adsorbe como una esponja. Es posible que cuando ese ser humano quiera recuperar sus atributos, ya sea demasiado tarde; la vieja historia de vender el alma al diablo.