Espiritualidad

Por: Napoleón Grant

En 1218, San Pedro Nolasco fundó en España la Orden de la Merced, organización establecida con el propósito de redimir a los cautivos, un precedente de la perspectiva tratamental que creía que en la prisión hay dos fundamentos: uno, la pena o condena, que dicta la justicia; otro, la redención, que busca la misericordia. Ocho siglos más tarde, la Medalla al Mérito Social Penitenciario porta en su centro la efigie de la Merced, patrona de esa orden, como una postura que defiende que tanto justicia como misericordia no pueden existir la una sin la otra.

Para muchos, la espiritualidad juega una parte importante en esa apuesta, la de creer que es posible redimirse, reinsertarse, ser nuevos hombres, nacer de nuevo. Los que hemos crecido en algún contexto religioso entendemos que el perdón es una posibilidad, pero también un derecho, pues no definen al hombre sus errores sino su capacidad para elevarse por encima de ellos. La espiritualidad no es un solape de las acciones cometidas, una distracción o un autoengaño, no puede ser una máscara de hipocresía; porque el perdón no es consentimiento, es sanación con todo lo que lleva ese proceso de aceptación, reflexión, reparación y sanación.

En la biblioteca del centro hay un libro cuyo mero título causa impacto: El milagro del perdón, de Spencer W. Kimball, uno de los muchos libros que hay en la sección de religión y que los presos consultan con frecuencia en su búsqueda de eso, un milagro. Y es que, para muchos internos, de diversas religiones y confesiones, la prisión no sólo es un encierro, también es un espacio en el que el silencio, la soledad y la impotencia invitan al alma a buscar cosas más allá de lo tangible.

Para algunos otros, la prisión es también una oportunidad de conectar con las enseñanzas religiosas de su infancia; hay quienes experimentan este despertar espiritual por primera vez en su vida y muchos otros, alejados durante muchos años de todo lo relacionado con religión, retoman las prácticas que por un motivo u otro habían dejado.

Hay un hambre espiritual que se siente y se manifiesta tras los muros de la cárcel. No es general, no todos los presos viven esto, pero los que lo hacen lo convierten en un aspecto fundamental en su proceso personal de tratamiento, una estadística que, según los datos, ronda el 32% de los internos, que están inscritos a alguna de las actividades religiosas que se llevan a cabo por fundaciones, pastorales y voluntarios que dedican su tiempo y recursos para cumplir una de las máximas fundamentales de muchas religiones: dar libertad a los cautivos.

En La Divina Comedia, obra maestra de la literatura, Dante expone dos caminos: uno, el del infierno, al cual se desciende solo, presa y víctima de las pasiones y las tentaciones, de los impulsos, de las malas decisiones, las compañías erradas y las angustias del entorno, un camino que todo interno ha recorrido en carne propia; pero también hay otro sendero, el del ascenso, una senda que se recorre en conjunto, en el que caminantes y guías van de la mano, se animan, se fortalecen, se alientan a alcanzar la meta: ser mejores almas. Tropiezan, fallan, dan vueltas en círculo, pero finalmente, a su debido tiempo y momento, ascienden.

El que suscribe cree firmemente en ello, a título personal pienso que espiritualidad y reinserción van de la mano, pues solo cuando saciamos el hambre interior, dejamos de buscar el pan barato, el que se presenta de muchas formas en nuestra sociedad contemporánea que busca el placer inmediato y fácil, acarreando siempre consecuencias graves.

Quizá los presos entienden esto mejor que nadie, pero también sus familiares, sus amigos que les esperan afuera, sus hijos, esposas y madres que cada noche elevan una oración por ellos. Y es que, aún a la distancia, pocas cosas unen tanto a los hombres como una fe compartida. Con un profundo respeto por la diversidad religiosa y de creencias, y aun de la ausencia de ellas, confiamos en que estas palabras sirvan como pan de vida para más de uno.